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Actualidad médica

China recrudece las medidas con los recién llegados, desde el mismo aeropuerto

08 marzo, 2020

Beatriz Pérez Argüelles

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Nihao.

Cuando pensé que desde dentro de casa no iba a ver más de las formas de actuar de China, me equivocaba. Desde la llamada telefónica que recibí anoche de una amiga chilena recién llegada a China, este país me sigue dejando sin palabras. Ya no solo por la inmensa contradicción que encuentro entre las medidas que se están tomando en España y las que hay aquí, que es una diferencia abismal que me confunde, sino también por el grado extremo al que pueden llegar con sus medidas preventivas, acercándose a lo escasamente humano.

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Como ya os conté, al enterarme del encierro me sentía como en una prisión aun entre las paredes de mi hogar, rodeada de cosas familiares, fotos, entretenimiento. No era capaz de valorar los diferentes espacios, las amplias ventanas, la cafetera… hasta hoy, que las palabras de mi amiga Sofía (profesora de economía en una Universidad de Jinhua) me han dejado asolada porque lo que le ha pasado no se lo deseo a nadie.

Al terminar un largo vuelo con dos escalas, una en Ámsterdam de 10 horas y otra en Guangzhou de 11 horas, Sofía sentía la típica sensación de haber llegado a casa, aunque aún le faltaba coger un autobús para llegar a Jinhua –muy cerca de Yiwu (aterrizó en Hangzhou, una ciudad a unos 140km). Pero, sin darle tiempo a coger este autobús, ya comenzó todo.

En el control de salidas del aeropuerto, un cartel indicaba que los recién llegados del extranjero debían seguir otro camino. Ella no podía imaginarse lo que estaba por llegar. Tras un rato de espera en el que le dieron una bolsa de manzanas y agua, al fin la llamaron, comprobaron sus datos y su temperatura y, junto a cuatro personas más, les metieron en una ambulancia.

Esto no significaba que tuvieran fiebre o algún síntoma. El vehículo que resulta tan alarmante, y más si tenemos en cuenta que iba a 160km/h y de vez en cuando ponía la sirena, solo era el medio de transporte para acercarles a Jinhua donde, finalmente, iban a ser aislados cada uno en una habitación de hotel.

Al llegar al hotel, los recepcionistas estaban vestidos con los trajes que tan de moda se han puesto aquí. Les tomaron los datos, la temperatura y les dieron, como a mí, un termómetro de mercurio y la ficha para apuntar su temperatura diaria. Además, fue avisada, igual que yo, de que le proveerían de desayuno, comida y cena y de que podría realizar compras online que le serán entregadas por los trabajadores del hotel.

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La habitación, según la describió, parece sencilla: comodidades básicas, con una cama grande y calefacción central (cosa rara en esta provincia) aunque no muy efectiva pues tuvo que pedir otro edredón.

La noto entre enfadada y animada, más bien intentando tomarse la situación con humor porque, además, ya venía avisada de la cuarentena obligatoria para todos los que estamos llegando. Pero las complicaciones no terminaron aquí.

¿Por qué a Sofía le toca una cuarentena diferente a la mía? Antes de nada os tengo que contar que a ella y a mí nos diferencia una cosa: ella está casada con un chico de nacionalidad china. Su marido estaba aquí cuando ella llegó, y en los meses de enero y febrero él ya tuvo que completar su cuarentena de más de un mes. Pero ahora, aunque con algunas limitaciones, ya estaba empezando a llevar una vida normal: salía de casa, iba al trabajo (sin meter a demasiadas personas en la misma oficina y manteniendo siempre una distancia entre unos y otros de metro y medio) y, con algo de miedo aún, empezaba a hacer las actividades cotidianas.

Como a diferencia de mi caso, ella no vive sola, su encierro en el hogar es imposible salvo que su marido esté dispuesto a pasarse 14 días en las mismas condiciones que ella. Pero la policía local, antes de informarse sobre qué prefería el matrimonio, solicitó a Sofía abandonar el hotel y la trasladaron a su casa en un camión con separación blindada con los conductores (como si fuera una loca en pleno ataque) y la dejaron allí.

Ella estaba feliz, o todo lo que se puede estar en estas circunstancias, pensando: “no puedo salir, pero bueno, al menos estoy en casa”. Lo malo es que esto solo duró unas horas, lo que tardaron unos policías en llamar a su puerta e instarle a abandonar la vivienda en su compañía. O por mejor decir, aunque suene menos agradable, escoltada por la calle hasta llegar de nuevo al furgón y ser trasladada a aquellas cuatro paredes del hotel donde ahora permanece, desesperada.

Porque su marido se ve en el difícil dilema de ponerse en cuarentena con ella, para evitar el encierro de Sofía en el hotel, y perder su trabajo por no poder salir de casa, o dejarla ‘encerrada’ en el hotel. Y la decisión más dura es casi la única posible, porque probablemente, cuando todo vuelva a la normalidad no le iba a resultar fácil encontrar trabajo.

La pregunta que ahora me hago en estas cuatro paredes, entre la lástima por mi amiga y la indignación por su situación, es fácil de imaginar: ¿Es el COVID-19 una justificación suficiente para todo esto?

Cada día me siento más confusa. Entiendo que las medidas que está tomando China tiene un objetivo bueno, como es evitar más contagios y más enfermos. Incluso podríamos afirmar que sus medidas han funcionado ¿Pero justifica eso frustrar las libertades individuales? Las medidas de seguridad y el control absoluto para evitar nuevos contagios, ¿justifican tratar así a las personas?

Bueno, entre tanto, hoy el cielo estaba más azul que en muchos días de verano. Me habría encantado disfrutar de un largo paseo cerca del río, pero ya que yo no puedo, hacerlo vosotros por mí, y a poder ser con una mascarilla.

Baibai