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Así funciona la experimentación con animales: ratones y macacos están probando ya la vacuna del coronavirus

  • Millones de animales son utilizados cada año con fines experimentales en el mundo, y aún no hay con alternativas seguras y efectivas
  • la investigación animal es la única manera de minimizar el riesgo y de evitar que el remedio sea peor que la enfermedad
  • La gran mayoría de los animales utilizados son ratas y ratones, seguidos de peces y aves. Perros, gatos y primates sólo son el 1%.

18 junio, 2020


Héctor Díaz-Alejo
Investigador de la Cátedra de Genética de la UCM

Desde los canarios en las minas para detectar escapes de grisú, hasta los ratones y macacos que nos ayudarán a conseguir la vacuna contra la covid-19 en tiempo récord, los animales siempre nos han ayudado y no ayudan, a salvar vidas humanas.

Existe mucha controversia en torno al uso de animales de experimentación. La imagen que se ha dado de ello no es en muchos casos la correcta. Entre los mayores argumentos que esgrimen sus absolutos detractores se encuentran las ideas de que es una práctica innecesaria y obsoleta, extremadamente insensible y que incluso perjudica al desarrollo científico al no ser representativos del sistema humano.

Millones de animales al año son utilizados con fines experimentales en el mundo. En algunos países como los europeos existe una potente legislación que protege a los animales de experimentos innecesarios o crueles. Pero en otros lugares su protección es más laxa.

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En cualquiera de los casos, no puede negarse su contribución al avance científico general y al bienestar humano en particular. Sin el uso de animales en investigación no se habrían desarrollado los tratamientos contra la diabetes, la leucemia o los trasplantes de corazón.

Claro que como en casi todo debate, el blanco y el negro se encuentran separados por una amplia gama de grises. Y nos situemos donde nos situemos, nunca todos estarán conformes.

No hay alternativas

No podemos renunciar completamente a los modelos animales, porque aún no contamos con alternativas seguras y efectivas. Pero tampoco podemos abusar. Necesitamos buscar alternativas encaminadas a reducir el uso de animales y a conseguir que aquellos que sean necesarios vivan con mayor bienestar.

Están gravemente equivocados quienes se imaginan una experimentación animal en la que chimpancés hacinados reciben dosis excesivas de medicamentos totalmente desconocidos. O están sometidos a pruebas para observar la toxicidad de cosméticos.

La Unión Europea tiene totalmente prohibido probar cosméticos en animales. Y los primates, perros o gatos sólo pueden ser utilizados en estudios donde sean absolutamente indispensables.

La gran mayoría de los animales utilizados son ratas y ratones, seguidos de peces y aves. Perros, gatos y primates no humanos supusieron un testimonial 1%.

Los estudios donde se utilizan animales son muy variados.

Puede ser en investigación básica, intentando obtener un conocimiento de los organismos. Algo que a priori no tienen una finalidad práctica, como los estudios genéticos o de comportamiento. Pero, aunque pueda parecer innecesario sacrificar vidas animales por un conocimiento que algunos dirían sin rumbo, este conocimiento sienta las bases para progresar hacia cualquier investigación aplicada.

Es a primera vista mucho más comprensible cuando los utilizamos para solucionar o conocer más sobre algo mucho más específico. Podemos estudiar enfermedades humanas a través de enfermedades en modelos animales, como el cáncer. Y también podemos modificarlos genéticamente para aprender las funciones de los genes y su implicación en múltiples enfermedades, como Parkinson o Huntington.

Otra gran parte de los animales se utilizan para los ensayos de seguridad. Los productos químicos comerciales como aditivos alimentarios o insecticidas deben pasar por ensayos de toxicidad en animales. Es la única forma de asegurar que al salir al mercado y utilizarse, no resultarán dañinos para los humanos y el medio ambiente. Y si lo son, poder etiquetarlo y actuar en consecuencia.

Y, por supuesto, también la investigación animal es la única manera de minimizar el riesgo de los medicamentos, de evitar que el remedio sea peor que la enfermedad (nunca mejor dicho). Absolutamente todos los medicamentos y vacunas deben ser utilizados antes en animales para probar la eficacia, estudiar su metabolismo y asegurar que no tienen toxicidad relevante para el ser humano.

¿Tanto nos parecemos?

¿Son tan extrapolables estos resultados obtenidos en animales? Pues, aunque es indudable que no es completamente igual un ratón a un humano, en realidad la gran mayoría de su bioquímica es idéntica. Y de todos los genes implicados en enfermedades humanas, el 90% los compartimos con los ratones.

Enfermedades aparentemente tan humanas como el Alzheimer están empezando a ser entendidas gracias a modelos en ratones. Su estudio no será idóneo y requerirá de investigación en humanos, pero desde luego que resulta clave para el avance.

A pesar de sus beneficios y del gran número de estudios en los que se utilizan, la obtención del permiso para hacer ensayos en animales es muy rigurosa. Y debe ser así. El estudio debe demostrar la necesidad de ser realizado con animales, detallando perfectamente cómo será, a qué procesos se someterán y para qué, además de contar con profesional cualificado para realizarlo.

Finalmente, un comité de ética debe ser el que apruebe o rechace la petición.

Este punto es el resultado de décadas trabajando por asegurar la protección de los animales. No se investiga en animales por placer, sino por necesidad.

De esta forma, todos los avances en experimentación animal están enfocados en 3 premisas clave para hacer que esta práctica sea lo más respetuosa para los animales: reducir, refinar y reemplazar.

La reducción en el número de animales utilizados puede conseguirse basándose en un buen diseño y en la estadística. Si se examinan los medicamentos de alguna otra forma antes de entrar en ensayos animales, el número de candidatos se reducirá, por lo que serán necesarios menos animales para conocer qué fármacos son adecuados.

En España la cifra de animales utilizados para investigación disminuye cada año. De 2009 a 2019 hubo un descenso del 43% de animales de laboratorio utilizados.

El refinamiento va asociado al bienestar de los animales: hacer que, aunque vivan encerrados, su vida sea lo menos estresante posible. Y además es beneficioso para la experimentación. Animales estresados tienen altos niveles de cortisona que podría cambiar la dirección del ensayo, además de comportamientos aberrantes que podrían distorsionar otros.

El reemplazo total, cambiar los modelos animales por otros que no impliquen sufrimiento animal, aunque idóneo, también es idílico. Sustituir por completo los modelos animales por otros paralizaría la investigación o pondría en un alto riesgo la salud humana.

No se puede crear una vacuna eficaz y segura sin la utilización en el proceso de modelos animales. Y los ensayos clínicos humanos empezarían sin tener una idea más o menos clara de cómo actúa un medicamento en el conjunto del cuerpo.

Se proponen por muchos colectivos animalistas los modelos informáticos. A día de hoy, una utopía. Requeriría conocer a la absoluta perfección los intrincados sistemas bioquímicos que rigen nuestro cuerpo, conocimiento del que nos encontramos muy alejados. Pueden servir de primer paso, por ejemplo seleccionando aquellos tratamientos más prometedores, pero no pueden sustituir enteramente a los modelos animales.

Y el uso de líneas celulares humanas aisladas, ampliamente utilizado, no sería útil en gran cantidad de experimentos donde se requeriría la observación de diferentes sistemas interconectados (como en las vacunas). Solo puede observarse a través de un animal vivo.

La única alternativa igual o más eficaz que la experimentación animal, hoy día, es la experimentación directa en humanos. Una práctica que ya se juzgó en Nuremberg.

Aun así se han hecho grandes avances en este sentido. La visualización de efectos determinados puede ser perfectamente llevada a cabo in vitro. Existen técnicas que hace unas décadas utilizaban animales vivos y que hoy tienen sustituto.

La toxicidad y el metabolismo de una molécula puede determinarse con ensayos en hepatocitos. Y los test de irritabilidad ocular, que antes se llevaban a cabo con conejos albinos, pueden ser sustituidos por tejido corneal de vaca con resultados igualmente satisfactorios.

Pero son casos puntuales y complementarios que ayudan a reducir el número de animales utilizados, no los sustituyen completamente.

Saltarse el paso de experimentación animal llevaría a que muchos tratamientos y terapias probadas en humanos resultaran dañinas, pudiendo ocasionar graves daños físicos y psicológicos a quienes sean sometidos. O incluso la muerte.

Les debemos mucho

La experimentación animal ha hecho que la ciencia avance. Ha salvado vidas humanas.

La vacuna de la polio es un buen ejemplo de evolución de esta práctica. Sin animales, no podría asegurarse que la vacuna es inocua. Podría ser dañina para todas las personas a las que se les suministrara y por eso fueron necesarios ensayos en macacos en cada lote, para ver si alguno presentaba virulencia.

Pero a partir del desarrollo de técnicas en genética molecular, esto cambió. Ahora contamos con herramientas de modificación genética que han permitido insertar los receptores del virus en el cuerpo de ratones. Somos capaces así de averiguar si una partida de vacunas contra la polio supondrá algún daño para los humanos ¡a través de infectar un ratón!

Y otro de los grandes avances ha sido la cirugía. ¿Cuánta gente más hubiera muerto de no haberse ensayado antes la diálisis en animales? ¿Y los trasplantes de corazón o de riñón?

La lista de beneficios podría continuar hasta haber mencionado la práctica totalidad de los avances en salud humana del siglo XX. Por no hablar de las vacunas destinadas a animales. ¿No ha valido la pena hacer ensayos en animales que han logrado aumentar la producción y asegurar que millones de personas tengan una nutrición más adecuada?

Sin duda se debe avanzar en el bienestar de los seres con quienes convivimos. Sienten, sufren y comparten hogar con nosotros, por lo que deben ser respetados.

Pero pasar la página de la experimentación animal por ser algo obsoleto, ineficaz o cruel, como sus detractores claman, conduciría a un periodo de sequía investigadora. Paralizaría cientos de miles de proyectos científicos encaminados a crear nuevas medicinas, estudiar el cáncer o el Alzheimer o, sin ir más lejos, a crear la vacuna del covid-19. Y de saltarnos este paso clave, se pondrían en riesgo real la vida humana.

El progreso científico, los hitos que nos han lanzado a los humanos a extender nuestra vida sana varias décadas, no habrían ocurrido sin la experimentación animal.

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