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Un ejemplo real: donde fiarse de los políticos, y no de los científicos, costó siete veces más muertos ¿Aprenderemos?

Un siglo después nuestros políticos repiten los mismos errores que los dirigentes que se enfrentaron a la gripe de 1918: encargaron la búsqueda de soluciones a hombres de ideología intachable y probada afinidad, en vez de hacerlo con científicos independientes y de talento.

15 abril, 2020

Eduardo Costas. Catedrático de Genética de la Universidad Complutense. ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

A mediados de mayo de 1918 la gente empezaba a preocuparse: una nueva pandemia de gripe se estaba a diseminando muy rápidamente entre la población.

Como era de esperar, los políticos minimizaron el problema.

Al principio, ni el gobierno del conservador Antonio Maura y ni el propio rey Alfonso XIII le dieron importancia: se estimuló a la gente para que se olvidase de la enfermedad asistiendo a las verbenas multitudinarias que se celebraban aprovechando el buen tiempo y las fiestas de San Isidro.

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Y la gripe se les fue de las manos. El propio rey enfermó gravemente.

Solo cuando el ejército tuvo que hacerse cargo de los centenares de cadáveres amontonados en improvisadas morgues, los políticos empezaron a preocuparse. Y, como es habitual, encargaron la búsqueda de soluciones a una serie de hombres de ideología intachable y probada afinidad, en vez de hacerlo con científicos independientes y de talento.

Por aquel entonces el mundo no era tan mediático como lo es hoy. Pero la prensa escrita dejó un excelente testimonio de lo ocurrido. Más o menos los responsables de asesorar al gobierno actuaron tal y como lo hizo nuestro Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad 100 años después: centrándose en quitar hierro al asunto.

A la enfermedad se le llamó “el soldado napolitano” por una popular melodía del maestro Serrano que, al igual que la nueva gripe, era “muy pegadiza”.

Quienes asesoraban al gobierno decidieron luchar contra el problema siguiendo el paradigma bacteriológico: como no sabían casi nada del virus, ni tenían procedimientos para luchar contra ellos, en vez de conseguir los nuevos conocimientos necesarios, aseguraron que la enfermedad la producía a una bacteria, en concreto el bacilo de Pfeiffer.

Aseguraron que pronto tendrían un suero y una vacuna específica que terminaría con el problema. Era rigurosamente falso y lo sabían. Pero es mucho más fácil seguir un procedimiento existente que pensar en una nueva solución.

En poco tiempo, la llegada del verano mejoró la situación. Parecía que el problema había pasado. Enseguida cantaron victoria y todo volvió a la normalidad.

La segunda oleada llegó ese otoño. Fue una catástrofe atroz.

Pero desde el gobierno se decidió que había que ofrecer esperanzas, aunque fuesen falsas, a la población. Sus asesores apostaron por el suero antidiftérico. Los resultados demostraron que no servía para nada, y aun así continuaron apostando por él. Pero no había suero antidiftérico para todo el mundo, ni posibilidad de comprarlo.

Entonces se cambió la estrategia: cualquier otra alternativa terapéutica disponible serviría. Incluso se volvieron a practicar masivamente las sangrías. A los políticos solo les preocupaba fomentar la esperanza en la población.

Numerosos médicos, farmacéuticos y veterinarios trabajaron con tesón a la búsqueda de soluciones con mucho más voluntarismo que medios y apoyos. Varios higienistas propusieron medidas de aislamiento. Pero encontraron la férrea oposición de sectores de la patronal agrícola e industrial. No se llevaron a cabo. La economía estaba antes.

Al final la gripe infectó a una gran parte de la población. Fue una catástrofe: según las cifras oficiales, solo durante 1918 murieron 147.114 personas. Pero hay sólidas evidencias de que en realidad fueron muchas más (y sin contar los muchos muertos que produciría el repunte de la gripe en 1919 y 1920).

Hoy en día nuestros políticos también falsean la realidad dando cifras a la baja.

Seguimos falseando las cifras de muertos

Por ejemplo, a las 22 horas del miércoles 8 de abril de 2020 se reconocía una cifra total de 14.659 fallecidos. La realidad podría estar mucho más cerca del doble, sobre todo en varias comunidades autónomas.

Se puede hacer una estima mucho más realista que las cifras oficiales de muertos atribuidos al COVID-19: los registros civiles proporcionan el número total de fallecidos en un período determinado, con independencia de las causas. Es una cuenta exacta: hace falta una licencia para enterrar o incinerar a alguien.

Durante el último mes, en varias comunidades autónomas la mortalidad se incrementó enormemente con respecto al mismo período del año pasado o el anterior. Sirvan como ejemplo Castilla-La Mancha, Castilla-León, o la Comunidad de Madrid, gobernadas por políticos de distinto signo.

En estas comunidades el exceso de fallecidos durante el último mes llega a ser hasta un 170% mayor. Pero las cifras oficiales de muertos por coronavirus son tan bajas que no explican, ni de lejos, este enorme aumento de mortalidad. Esta reducción al absurdo demuestra que los muertos por coronavirus son muchos más de los que difunden las autoridades.

Los muertos por Covid-19, en estas comunidades, podrían ser más del doble de los que se reflejan en las estadísticas oficiales.

A nivel nacional este incremento de fallecidos también fue significativo. Ese incremento, se debe, en su mayor parte, al COVID-19 y nos permite estimar que, en realidad, los muertos podrían estar mucho más cerca de las 30.000 personas que de las cifras oficiales.

Hay varias explicaciones para este desfase: por ejemplo, tan solo una pequeña fracción de los ancianos fallecidos en las residencias con síntomas de COVID-19, se contabilizan como muertos por el coronavirus.

En concreto, solo se cuentan como muertos por Covid-19 aquellos a los que se les han hecho las pruebas del SARS-CoV-2 y dieron positivo. Pero solo se les han hecho pruebas a menos de la cuarta parte de los ancianos que murieron con los síntomas del Covid-19.

El problema es que conocer los datos reales del impacto del Covid-19 es fundamental para minimizar los daños.

Cien años después de la pandemia de gripe que hace un siglo le costó al mundo 50 millones de víctimas reconocidas (y probablemente mucho más de 100 millones), la realidad es que los políticos, de todo signo, siguen sin estar a la altura. Y no solo hay que recordar las primeras declaraciones de Jair Bolsonaro, Boris Johnson o Donald Trump.

El científico que advirtió a Europa de la catástrofe se va ‘harto’ de políticos

En la vieja Europa, el profesor Mauro Ferrari, un excelente matemático y médico con una espectacular trayectoria científica, fue nombrado en enero presidente del Consejo Europeo de Investigación (la mayor institución científica de la UE con un presupuesto de 2.000 millones de euros al año).

Acaba de dimitir “profundamente decepcionado por la respuesta europea al coronavirus. Ferrari comenzó a tener graves problemas con la Comisión Europea a principios de marzo, “cuando era evidente que la pandemia sería una tragedia de proporciones sin precedentes” y los políticos pretendían minimizarlo.

Por más que advirtió a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de que la mejor manera de evitar la catástrofe que se nos venía encima era poner a trabajar a los científicos con oportunidades para desarrollar “nuevas estrategias dinámicas basadas en la ciencia que reemplazaran las intuiciones improvisadas de los líderes políticos” no lo consiguió.

El profesor Ferrari tampoco logró que se “destinaran recursos suficientes para obtener nuevos fármacos, nuevas vacunas y nuevas herramientas de diagnóstico”. Por último la completa ausencia de coordinación de las políticas sanitarias entre los distintos Estados miembros” fue el golpe de gracia que le llevó a presentar su dimisión.

Sin duda existe una gran tradición por la que los políticos creen que sus intuiciones improvisadas son mejores que las estrategias dinámicas basadas en la ciencia. Platón lo explica con un mito: los dioses pusieron oro en la sangre de los gobernantes, plata en la de los guerreros y simple hierro o bronce en la de los campesinos y artesanos.

En la España de 1918 había cerca de 20 millones de personas. Diez millones eran analfabetos. Tal vez en ese contexto era más fácil que un político cayese en la tentación de considerase superior. Y se aplicó una rígida censura en la prensa.

Hoy en día los políticos no pueden prescindir totalmente de los científicos. Pero sí pueden rodearse de técnicos con afinidad por los procedimientos burocráticos que sean capaces de avalar sus intuiciones improvisadas en vez de las decisiones basadas en el método científico.

Un ejemplo real: los políticos cuestan siete veces más muertos que los científicos

Se puede hacer mucho mejor. Un ejemplo: la convulsa vida política italiana llevó a que dos regiones ricas del norte de Italia, Véneto (Pádova/Venecia) y Lombardía (Milán/Bérgamo), acabasen tomando decisiones totalmente diferentes en la gestión de la crisis. Se trata de un extraordinario experimento que indica cómo se debe obrar.

Las autoridades del Véneto decidieron fiarse de dos excelentes científicos: Sergio Romagnani y Andrea Crisanti. En concreto Romagnani es uno de los 30 mejores científicos italianos de la historia.

Uno de los primeros brotes del coronovirus se produjo en la localidad de Vò Euganeo (Véneto, norte de Italia). Se hicieron test a toda la población (unos 3.500 habitantes). 58 personas dieron positivo (los test realizados entre el 22 y el 25 de febrero). 33 de los positivos eran asintomáticos. 10 días después repitieron los test: solo dieron positivo 19 de los asintomáticos y 10 de los que presentaban síntomas.

Con este pequeño estudio estimaron que entre el 50% y el 70% de los infectados eran asíntomáticos, pero constituían la principal fuente de contagio. Se aisló a todos los positivos, aunque fuesen asintomáticos.

Justo al lado de de Vò Euganeo está el pequeño pueblo de Codogno, que depende administrativamente de Lombardía. Y en Codogno la crisis no se gestionó igual. Solo se aislaron a los que presentaban síntomas de COVID-19. Los asintomáticos siguieron contagiando.

La crisis siguió gestionándose de forma muy diferente.

Al final en el Véneto la tasa de muertos está en alrededor de 135 fallecidos por millón de habitantes. En Lombardía se aproxima a los 950 casos por millón y aún sigue incrementándose.

En dos lugares con recursos muy parecidos y una estructura poblacional semejante las diferencias entre gestionar bien o no, han costado siete veces más muertos. Se necesitan gestores como Sergio Romagnani y Andrea Crisanti.

La crisis generada por la pandemia del SARS-CoV-2 va a ser, con mucho, uno de los mayores problemas a los que debemos enfrentarnos.

La vuelta a la normalidad será difícil. Tal vez el mundo no volverá a ser como antes, sobretodo cuando la crisis medioambiental agrave la situación.

Necesitamos soluciones certeras basadas en criterios científicos más que en intuiciones de políticos reforzadas por asesores pagados para justificar estas intuiciones. Nos jugamos el futuro.

La dirección del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias les dijo a los políticos lo que estos querían oír. Y nos ha costado y cuesta muchas muertes.

Es hora de recordarles que Sócrates decía que “todos los hombres cometen errores”, pero veinticuatro siglos más tarde, Kennedy apostilló certeramente “pero un hombre bueno cede cuando sabe que se ha equivocado y repasa el mal que ha hecho. El único pecado imperdonable es el orgullo”.

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