Sanidad calificó el 30 de enero al SARS-CoV-2 como un agente biológico del grupo 2, y hoy lo estamos pagando - BuscandoRespuestas.com

BuscandoRespuestas.com

DestacadaEspecialista

Sanidad calificó el 30 de enero al SARS-CoV-2 como un agente biológico del grupo 2, y hoy lo estamos pagando

  • El 30 de enero  se reunieron en el ministerio de Sanidad para calificar al coronavirus en uno de los cuatro grupos de agentes biológicos
  • Van del grupo 1 (poco probable que cause una enfermedad), hasta el 4, (riesgo de infección grave o mortal sin vacuna ni tratamiento)
  • No escucharon a las cualificadas voces disidentes, y en esa nefasta reunión se decidió que el SARS-CoV-2 era un agente biológico del grupo 2: “(...) poco probable que se propague a la colectividad y existiendo generalmente profilaxis o tratamiento eficaz”.

18 marzo, 2020

Eduardo Costas
Catedrático de Genética de la UCM
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Estamos viviendo la situación más extrema de la que tenemos memoria. Y puede llegar a ser peor.

Recogemos lo que hemos sembrado: Años de recortes en la sanidad pública, desmantelamiento del sistema de ciencia y tecnología, exilio forzado del talento…

La ausencia de una cultura de la meritocracia, egoístamente promovida por políticos ineptos, alejó a los mejores de los puestos clave de la decisión. Quienes carecen de talento resuelven siguiendo procedimientos, normas, y protocolos. Relegan la inteligencia enterrándola en el incremento imparable de una burocracia absurda.

¡SÚMATE A NUESTRA COMUNIDAD!

Podrás escuchar nuestros podcast, recibir un boletín semanal con las novedades, escribir comentrios, enviar preguntas…

Solo así puede explicarse el por qué, mientras el coronavirus empezaba a diseminarse imparablemente por nuestro país para cobrar su tributo de muertes, el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad lanzaba mensajes de optimismo totalmente fantasiosos sin ningún rigor científico.

No por mucho repetir que existía una probabilidad de infección muy baja, que España iba a tener, como mucho, algún caso diagnosticado con una transmisión limitada y controlada o que el riesgo estaba perfectamente delimitado y no era un riesgo poblacional, se convirtió en algo cierto.

A estas alturas, la lista de infectados y muertos crece, imparable, a cada hora. Somos el segundo país del mundo con más contagios diarios. Y lo que aún falta por llegar.

La falta de previsión hizo que la sanidad se encuentre desbordada.

Cuantificarlo con parámetros cuantitativos nunca lo explicará tan bien como la cruda narración de algunos hechos: en grandes hospitales de Madrid, muchas enfermeras disponen de una sola mascarilla para toda la semana; tienen que salir del hospital con ella, guardarla en una bolsa de plástico antes de entrar en sus casas y reutilizarla al día siguiente.

Mientras tanto, miles de soldados de la unidad militar de emergencias, con mucho menos riesgo de contagio, limpian infraestructuras equipados con trajes NBQ.

Médicos imprescindibles en la lucha contra el coronavirus esperan confinados en sus casas, durante más de 10 días, al resultado de las pruebas, mientras a la mayoría de los políticos se las hacen en el acto.

¿Por qué se hizo y se está haciendo tan mal?

Tras años de tener a la ciencia contra las cuerdas, favoreciendo a quienes aplican procedimientos frente a los que piensan, el 30 de enero de 2020 se reunieron, en el ministerio de Sanidad, los técnicos a los que se confió la gestión de esta novedosa crisis.

Entre otras cosas discuten sobre como calificar al nuevo coronavirus SARS-CoV-2, del que aún se sabe muy poco.

Hay que colocarlo en uno de los cuatro grupos de agentes biológicos que, en función de su riesgo de infección, recoge el artículo 3 del real decreto RD 664/1997: van desde el grupo 1 (aquel que resulta poco probable que cause una enfermedad en el hombre), hasta el grupo 4, (que pueden ocasionar una infección grave o mortal y contra los que no hay ni vacuna ni tratamiento).

Quizás el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, con su Director a la cabeza (que nombrado por Ana Pastor en el 2003 ha sobrevivido ya a 12 ministros de Sanidad), fue incapaz de valorar en toda su extensión la capacidad de propagación de este nuevo patógeno.

Sin escuchar a las cualificadas voces disidentes, en esa nefasta reunión se decidió que el SARS-CoV-2 era un agente biológico del grupo 2: “Aquél que puede causar una enfermedad en el hombre y puede suponer un peligro para los trabajadores, siendo poco probable que se propague a la colectividad y existiendo generalmente profilaxis o tratamiento eficaz”.

Pero el SARS-CoV-2 no conoce el Real Decreto. Y en vez de ser “poco probable que se propague a la colectividad”, presenta una de las mayores tasas de contagio conocidas en la historia de las enfermedades infecciosas.

Ni tampoco cumple lo de “existiendo generalmente profilaxis o tratamiento eficaz”.

La ciencia debe servir para explicar el mundo. Y para hacer predicciones fiables. Si no lo hace así, no es buena ciencia. Y la Teoría de la Decisión demuestra matemáticamente cómo, ante una situación que encierra peligros potenciales graves, hay que ponerse en lo peor.

Pero no se preparó al país adquiriendo equipos de protección, de ventilación mecánica ni lo necesario para realizar pruebas masivas.

Ahora no es tiempo de recriminaciones, Es el tiempo de aportar soluciones científicas a la crisis.

Como país deberíamos tomar ejemplo de unas sabias palabras con 337 años de antigüedad: En 1663, la Royal Society de Londres, la sociedad científica más influyente de la historia, adoptó el lema “nullius in verba” como divisa de la institución para recalcar que: “Es una regla establecida de esta Sociedad, a la que siempre se adherirá, no dar nunca su opinión, como un Cuerpo, sobre ningún tema, ni de Naturaleza ni de Arte, que llegue ante ella”.

Durante siglos, la Royal Society persiguió el conocimiento exclusivamente a través de la experimentación, las demostraciones matemáticas y el método científico, sin dejarse influir por las autoridades políticas. Sus miembros como Isaac Newton, Charles Darwin o Albert Einstein cambiaron la historia.

En la lucha contra lo desconocido aplíquese la ciencia.

El SARS-CoV-2 es un problema complejo: Para resolverlo cuenten con el talento de los profesionales de las ciencias de la salud (médicos, enfermeros, farmacéuticos, veterinarios…) y cuenten también con la ayuda de buenos científicos que tienen mucho que decir (matemáticos, físicos, químicos, biológos…). Rememos todos juntos para resolverlo.

Nuevos enfoques pueden contribuir de manera decisiva a salvar vidas y contener al Covid 19.

Tomemos ejemplo de Winston Churchill, y no solo de sus discursos, sino de sus actuaciones: Poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial mandó construir acorazados.

Cuando lo criticaron porque posiblemente los acorazados no serían decisivos en la guerra, Churchill comentó que nadie podía asegurar si los acorazados serían decisivos o no, pero que Inglaterra no iba a perder la guerra por no tener acorazados.

Y al principio de la Batalla de Inglaterra, hizo un llamamiento para que quien pudiese averiguase el patrón de bombardeo que seguían los aviones nazis.

A los generales del mando aéreo de la RAF les pareció un disparate. Pero fue J. B. S. Haldane, un genetista que trabajaba en algo tan poco relacionado con la aviación como las tasas de cambio de las frecuencias de los distintos alelos en las poblaciones de animales, quien lo descubrió. Con ello consiguió una ventaja primordial para vencer al enemigo nazi.

A Churchill no le importó que Haldane no fuese un militar: solo le interesó por que tenía talento.

Noticias relacionadas