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El idiota espabilado: ¿Por qué nos sorprendió el COVID-19?

  • En 1980 conseguimos erradicar de la faz de la tierra un virus letal: la viruela. Fue la primera vez en la historia
  • Las buenas perspectivas nos hicieron olvidar que en la guerra contra los microorganismos patógenos nunca podemos bajar la guardia.
  • En 2012 logramos frenar el MERS-CoV, que desde Arabia Saudí mató a 66 de 157 infectados. Pero sigue presente en los dromedarios.
  • El SARS-CoV-2 nos sorprendió por su tasa de transmisión (2.7 por infectado) e infravaloramos su letalidad: “la gripe mata más”.

17 marzo, 2020

Eduardo Costas
Catedrático de Genética de la UCM
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Si a principios de año alguien hubiera previsto que en menos de 3 meses nos veríamos confinados en casa por culpa de un nuevo virus emergente, lo hubiésemos tildado de chiflado. Pero así ha sido.

¿Por qué fuimos incapaces de prever esta situación?

A menudo lo que ignoras no te plantea problemas graves: lo que te mete verdaderamente en líos es lo que estás convencido de saber y que, sin embargo, no sabes. En esencia esto es lo que nos pasó con el nuevo coronavirus: el SARS-CoV-2.

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Durante el siglo XX, el desarrollo de la ciencia llevó a un espectacular progreso de la higiene, la salud pública, la medicina preventiva, las vacunas, los antibióticos y los fármacos. Con ellos ganamos numerosas batallas contra bacterias y virus. La esperanza de vida aumentó espectacularmente en un mundo donde las enfermedades infecciosas eran la principal causa de muerte.

En 1980 conseguimos un éxito espectacular: erradicar de la faz de la Tierra a la viruela, una terrible enfermedad vírica con una tasa de mortalidad de hasta el 30%, que, a lo largo de la historia, mató a muchísimos millones de personas, llegando a devastar la civilizada Europa incluso en una fecha tan reciente como el siglo XVIII.

Fue la primera vez que conseguimos extinguir un virus letal.

La ciencia-ficción de un mundo sin microorganismos patógenos parecía al alcance del progreso.

El siglo XXI no pudo comenzar mejor: tras décadas de lucha en 2001 la Organización Mundial de Sanidad Animal consiguió la extinción de otro virus, el de la peste bovina.

Las buenas perspectivas nos hicieron olvidar que, en la guerra contra los microorganismos patógenos, nunca podemos bajar la guardia.

Nuestro bienestar sigue pendiendo de un hilo: a día de hoy siguen existiendo miles de microorganismos patógenos que pueden desatar una pandemia.

Pero el éxito nos volvió confiados, pese a que los avisos no dejaron de llegar:

El más inquietante de ellos fue la gripe aviar (cepa H1N1) que se desató en todo el mundo entre 2004 y 2006.

Los medios de comunicación lanzaron la alarma. La preocupación se extendió por el mundo… Pero no fue para tanto: tuvimos suerte porque su tasa de mortalidad fue anómalamente baja.

A fin de cuentas, la humanidad lleva miles de años padeciendo la gripe, la mayoría de las personas tienen algún tipo de inmunidad tras haberla padecido y hay una vacuna que ayuda mucho, aunque no sea eficaz al 100%. Y, sobretodo, hay una enorme cantidad de conocimiento científico sobre la gripe.

Pero el problema más grave nos podía venir por un nuevo patógeno que no nos hubiese afectado antes: frente a él no habría inmunidad en la población mundial, no tendríamos vacunas ni fármacos y, lo que es peor, ni siquiera tendríamos conocimientos.

Esto nos pasó con un coronavirus: el SARS-CoV-1. Empezó en China, a finales de 2002. Durante el año 2003 se extendió a 26 países, infectando a 8.098 personas de las cuales 774 murieron.

Se tomaron medidas de aislamiento rigurosas y se consiguió detenerlo a tiempo. Desde 2004 no se ha detectado ningún nuevo enfermo por SARS-CoV-1.

Las cosas salieron bien.

Pero 10 años más tarde, en 2012, un nuevo coronavirus, el MERS-CoV, apareció en Arabia Saudí. Se extendió por 10 países y solo afectó a 157 personas de las cuales 66 murieron. Se logró detener su expansión en seres humanos, pero este coranavirus está todavía presente en las poblaciones de dromedarios.

Con la crisis económica que empezó en 2008 los criterios ideológicos de los economistas prevalecieron. Se recortó en sanidad, en ciencia, en educación.

Y en eso nos golpeó el tercer coronavirus: el SARS-CoV-2 (Covid19). Empezó en China, a finales de 2019, pero en menos de 3 meses se convirtió en una pandemia mundial que ya se ha extendido por unos 150 países, afectando a más de 170.000 personas y causando al menos 6.000 muertos (según datos de 16 de marzo de 2020).

Los españoles abordamos el principio de esta crisis pecando de autocomplacencia. Los numerosos comunicados del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, a partir del 24 de enero son un buen ejemplo:

«Existe una probabilidad de infección muy baja», «El riesgo en la mayoría del país es bajo”, «España va a tener como mucho algún caso diagnosticado con una transmisión limitada y controlada».

Incluso el 28 de febrero se insistía en que «No hay ninguna razón para cambiar de escenario porque el riesgo está perfectamente delimitado. No es un riesgo poblacional».

Pero en medio de nuestro infundado optimismo, el coronavirus ya había empezado su rápida proliferación entre nosotros. El 13 de febrero se produjo la primera muerte por COVID-19. Y nadie se dió cuenta.

Para entonces el coronavirus se expandía por España mientras se repetía una especie de mantra: “Si nuestros hospitales son capaces de soportar la presión que todos los años genera la gripe y si se mantienen los mismos sistemas de contingencia, los centros sanitarios serán capaces de soportarlo».

Pero la realidad fue otra: la tozudez de los hechos se empeña en sacar a la luz los serios errores de cálculo iniciales a la hora de evaluar la gravedad de los hechos.

En España, con casi 10.000 casos y más de 300 muertos (a día de hoy, 16 de marzo de 2020) la sanidad está próxima a su máxima capacidad de carga, si es que en algunos lugares concretos no la superó.

Nuestro error estuvo, precisamente, en lo que se creía saber, pero que no era cierto. Y eso nos generó en un enorme problema.

Las características del SARS-CoV-2 difieren significativamente de los otros dos coronavirus que nos atacaron recientemente: el SARS-CoV-1 y el MERS-CoV. Y tampoco se parece al virus de la gripe:

En los períodos de tiempo más favorables para la gripe, cada infectado la transmite a una media de aproximadamente 1.5 personas. Las tasas de transmisión del SARS-CoV-1 o del MERS-CoV tampoco fueron extraordinariamente elevadas.

Pero la tasa de transmisión del SARS-CoV-2 nos sorprendió: cada infectado por COVID-19 contagia aproximadamente a una media de 2.7 personas. Además, los datos epidemiológicos demuestran que la mayoría de los contagios (el 62%) se producen durante la fase de incubación durante la cual no tenemos síntomas.

Estos datos pueden no parecer gran cosa, pero es una diferencia abismal: redondeando una estimación, cuando a partir de un solo enfermo de gripe se hubiesen contagiado cerca de 40 personas, a partir de un solo enfermo de COVID-19 ya podrían haberse contagiado más de 7.500.

El otro gran problema es su letalidad. Al valorarla la infraestimamos.

Los anteriores coronavirus SARS-CoV-1 y MERS-CoV tuvieron una letalidad aproximada de casi un 10% y un 40% respectivamente. Esto debería habernos puesto en guardia. Y los datos de la letalidad, aportados desde China, deberían haber hecho saltar la alarma.

Pero, en un ejemplo de autocomplacencia extrema, se achacó la elevada letalidad a que los chinos hacían pocas pruebas y que en realidad tenían muchísimos más casos de los que diagnosticaban.

Se prefirió pensar que el coronavirus tendría una letalidad similar a la gripe y pudimos escuchar que “la gripe mata más”.

Fue un error: la mortalidad de la gripe varía, pero unas cifras de 0,8% para mayores de 65 años, el 0,6% entre los 50 y los 65 años y el 0,2% en menores de 50 años son una buena estimación para países desarrollados.

En esos mismos intervalos de edad las mortalidades del COVID-19 son del 10%, 3% y 0,4% respectivamente. Significativamente mayores. Y en Italia, un país de nuestro entorno, la letalidad del COVID-19 es de aproximadamente un 6%.

Se pueden afinar estas cifras, pero el COVID-19 mata significativamente más que la gripe.

También escuchamos hasta que “contamos con la mejor sanidad del mundo”. Pero criterios económicos de moda llevaron a recortes masivos en la sanidad pública: solo en la comunidad de Madrid se cerraron cerca de 2.000 camas durante los últimos años. A día de hoy disponemos de uno de los menores números de camas hospitalarias por habitante de la unión europea.

Sin duda tenemos excelentes médicos y enfermeras. Pero están mucho peor equipados de lo que merecen.

Y en esta crisis, las decisiones iniciales se centralizaron en el conocimiento aportado por muy pocos. Y el nuevo coronavirus les sorprendió pese a que los modelos más elaborados indicaban que las pérdidas podían ser enormes.

Ahora es la hora de plantearse una nueva estrategia.

La estrategia que puede y debe permitirnos ganar esta guerra.

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