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¿Y si la Covid-19 fuese un arma defensiva del planeta contra los ‘ataques’ humanos?

  • La ‘hipótesis Gaia’, de James Lovelock, mantiene que la tierra funciona como un ente vivo lleno de 'agentes' con funciones específicas
  • Igual que el cuerpo humano está compuesto de miles de millones de células interdependientes, donde cada una tiene una función
  • ¿Sería inteligente pensar que el ser humano está actuando contra nuestro planeta como un cáncer lo hace contra nuestros órganos?
  • Luego... si Gaia existiese ¿podría reaccionar contra nosotros como lo hace nuestro cuerpo contra la enfermedad?

29 mayo, 2020


Héctor Díaz-Alejo
Investigador de la Cátedra de Genética de la UCM

En los años 60 del siglo pasado James Lovelock desarrolló la ‘hipótesis Gaia’, una visión del mundo que, antropológicamente, no es ni mucho menos nueva. Desde los nativos australianos al propio padre de Lovelock, un granjero inglés, sospechaban de su existencia, aunque no llegaron a plasmarlo por escrito ni a aportar tantas evidencias.

Según esta ‘hipótesis Gaia’, la historia de la vida se fue fraguando, a través de ‘Eones’ de existencia, con la creación de una inmensa red de agentes de todas las especies, formas y tamaños: cada uno con una función específica.

Y el trabajo de todos ellos, perfectamente coordinados, es lo que ha podido mantener la Tierra a una temperatura adecuada y con una concentración de gases y sales crucial para que la vida que conocemos siga prosperando.

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La Tierra funciona como un ente vivo en todo su conjunto.

Pero en el libro donde se publicó esta hipótesis (Gaia, una nueva visión de la vida sobre la Tierra), Lovelock también dedicó unos párrafos a un posible fin de la existencia: un voraz apocalipsis biológico.

Un ejemplo para entendernos

El libro narra la aparición de una bacteria captadora de fosfatos. Un nutriente necesario para todos los seres vivos pero que, debido a su relativa escasez, suele actuar como agente limitante del crecimiento en los organismos.

Tras su descubrimiento y posterior utilización humana, el mundo cambió.

La bacteria en cuestión podría favorecer el rendimiento de ciertos cultivos como, en este ejemplo, el arroz. Pero al realizar las pruebas de campo ocurrió algo inesperado. La bacteria, en lugar de colonizar las raíces del arroz, hizo una simbiosis con un alga presente en la misma agua.

Este microorganismo acuático, cuyo mayor crecimiento era impedido por su incapacidad para capturar fosfatos, pudo así proliferar con una velocidad de crecimiento excepcional incluso para el mundo microbiano.

Cada organismo poseía lo que al otro limitaba, enlazando sus células en una simbiosis perfecta. Simbiosis que, paulatinamente y sin ningún depredador tan feroz como para evitarlo, logró colonizar la práctica totalidad de superficie marina y oceánica de la Tierra.

De esta manera, la vida en el planeta sufrió una herida mortal.

La conjunción de bacteria y alga, al crecer tan desmesuradamente, ‘consumía’ enormes cantidades de nutrientes. Y las demás especies, impotentes ante el manto verde que avanzaba, perecían y se pudrían.

Un desequilibrio tan enorme, donde millones de seres vivos marinos y oceánicos desaparecen, sólo podía tener consecuencias fatales:

• Por una parte, es muy posible que el alga, con su exacerbado crecimiento, absorbería grandes dosis de CO2 atmosférico, provocando una intensa glaciación que haría de la Tierra un planeta tan inhóspito como Marte.

• Por otra parte, puede que la putrefacción de todos los organismos, incluyendo al funesto ‘simbionte’, expulsara ingentes cantidades de compuestos sulfurosos, metano y CO2, haciendo de la Tierra un planeta ácido y de extremas temperaturas, como es Venus.

Ninguno de los dos escenarios podría revertirse: la vida, que durante más de 4.000 millones de años se encargó de mantener la Tierra con sus características únicas, ya no tendría suficiente poder para volver a hacerlo.

Una capacidad de destrucción demasiado parecida a la nuestra

El ‘final’ no lo provocó un organismo patógeno, ni para humanos ni para ningún tipo de vida en especial. Tampoco fue algo que acabó con la vida de manera directa, destruyéndola. Simplemente era algo que crecía más rápido, creando consecuentemente una atmósfera y unos océanos incompatibles con la vida.

¿Les suena?

Seguro que sí. Porque los humanos, tan parte de esa vida como cualquier otro ser terrestre, pareciera que estamos amenazando todo de una forma similar: aunque sin tanta avidez como el organismo del ejemplo, también acabamos con los puntos clave de Gaia, aquéllos que hacen que todo el sistema sea capaz de regularse, cegados por las ansias de un perpetuo crecimiento y un falso mayor bienestar.

No olvidemos que la característica principal que define como vivo al planeta en su conjunto es que cuando hay un desequilibrio, como puede ser una explosión volcánica gigante, Gaia lo detecta y, apoyándose en agentes específicos logra restaurar las condiciones originales.

Y los humanos, sin ninguna duda, suponemos uno de esos desequilibrios frente a los que Gaia suele reaccionar. Pero como muestra el ejemplo dado por Lovelock, su sistema también podría romperse.

De continuar sin control, como hasta ahora, no sabemos qué pasará con la Tierra. Demasiadas variables, demasiadas incógnitas. Pero podemos dar por seguro que nuestra civilización sufrirá, cuanto menos, cambios drásticos.

¿Y si la tierra fuese ‘un cuerpo’ como el humano?

En un intento por comprender mejor la posible situación planteamos una metáfora a menor escala y muy cercana: nuestro propio organismo.

El cuerpo humano, si nos ponemos técnicos, no es un único individuo. Está compuesto de miles de millones de células interdependientes, donde cada una tiene una función, y para ella está especializada.

Neuronas, células cardiacas, las células presentes en el cartílago de la oreja… todas vienen de una única célula resultante de la unión del núcleo de un espermatozoide con un óvulo.

A pesar de ser cada una un ente individual, no pueden vivir sin mantener el equilibrio, la homeostasis, y es por ello que tienen gran cantidad de sistemas de regulación, a fin de evitar la ruptura de esta estabilidad.

Poseemos un buen sistema inmunitario que nos defiende de agentes externos. Utilizamos hormonas y neurotransmisores para comunicar las diferentes partes del cuerpo a fin de que éste sepa qué hacer en cada momento. Y, por supuesto, se vigilan las células que nos conforman para que ninguna se salga de la norma.

Pero no somos perfectos, tampoco bioquímicamente.

Puede aparecer una célula que, por azar o incitada a ello, empiece a dividirse de una manera anormalmente rápida.

Algún gen encargado de su división, como el RAS, ha mutado o se ha descontrolado, iniciando un frenesí reproductivo donde esta nueva estirpe celular se cree independiente y no acata las normas del organismo.

El cuerpo, acostumbrado a lidiar con este tipo de eventos, responde a esas células rebeldes atacándolas. Porque es capaz de reconocer las células tumorales de una forma muy similar a como reconocería un agente infeccioso.

Se inicia así la batalla frente a la amenaza.

Sin embargo y por desgracia, en gran cantidad de ocasiones el sistema normal no puede con ellas. Las células tumorales ‘consiguen’ reproducirse tan rápido que el sistema satura y no puede hacerles frente.

El tumor, al crecer, necesitará de unos nutrientes que le permitan seguir expandiéndose. Ya no le es suficiente la sangre que le llega de los vasos sanguíneos del cuerpo que habita, necesita crear sus propios vasos, capaces de distribuir la sangre que le roba al organismo.

Así continúan creciendo, pudiendo llegar a obstruir conductos o aplastar órganos, además de quitarle cada vez más nutrientes al cuerpo.

También provocan la pérdida de funcionalidad de los tejidos donde se asientan: el pulmón pierde capacidad para extenderse y hacer el intercambio gaseoso, o el riñón deja de filtrar correctamente, aumentando metabolitos en sangre por encima de niveles permisivos con la vida. Además, están presentes los posibles múltiples efectos derivados de un desajuste en las hormonas.

El cáncer, si no se para, acabará con ‘el mundo’ que a él mismo da sustento.

No parece una actuación muy lógica, pero ese grupo de células descontroladas no atiende a razones: su única misión es reproducirse a toda costa, sin pensar en las consecuencias.

¿Somos un cáncer para la tierra?

Todo lo que acabamos de leer es muy real en nuestra relación con la Tierra: dependemos completamente de los ciclos que en ella ocurren y, sin embargo, continuamos devastando sin pensar en las consecuencias.

No cejamos en el empeño de ser más grandes a costa de no tener futuro.

Es, a escala global, pan para hoy y hambre para mañana.

Los tumores pueden manifestarse de una gran variedad de formas. Sus efectos pueden llegar a verse en tan solo semanas, pero también pueden durar años. Según dónde y cómo se haya iniciado, la cuenta atrás puede ser fatalmente veloz.

Los lunares, por ejemplo, son considerados tumores y su daño es prácticamente nulo. Un tumor benigno en la cara a priori tampoco comprometería la vida, como mucho limitaría la capacidad reproductiva del individuo si afea en exceso.

Pero un tumor benigno en la garganta puede causar dolor y obstrucción por lo que, si no se retira, podría incluso provocar la muerte por inanición.

Con tan sólo moverse unos centímetros puede cambiar por completo nuestro destino. ¿Pasaría algo parecido con la Humanidad?

Las consecuencias de ciertos tumores pueden ser muy complicadas. Las relaciones en el mundo natural lo son aún más. Y nuestro método analítico de abordarlo, separando disciplinas que están muy ligadas, no lo hace más sencillo.

El entramado tan característico de Gaia permite cosas tan fascinantes como que ciertas algas de litorales fríos sean determinantes en los niveles de fósforo que llegan a África central. De manera similar, pero mucho más compleja, a como un adenoma en la hipófisis puede generar un exceso de producción hormonal en las glándulas suprarrenales del riñón que acaben haciendo que la persona tenga depresión.

Sin embargo, mientras del cuerpo humano tenemos un conocimiento relativamente amplio, del mundo natural, en comparación, no sabemos prácticamente nada.
Las consecuencias de eliminar un riñón o el corazón las entendemos sobradamente. Pero no sabemos con certeza qué pasará si continuamos devastando tan descontroladamente selvas, sabanas o litorales. En otras palabras, los tejidos de Gaia.

Sea como fuere, ninguna predicción indica cosas buenas.

El futuro que nos está reservado tal vez no sea más que Gaia volviendo a equilibrarse, controlando a aquel agente que ahora mismo le provoca el malestar.

El expolio de los bancos de pesca y la desertificación de zonas agrícolas demasiado estresadas limitará en cierta manera la población humana, al reducir el alimento.

¿Está Gaia aquí presente o es simple causa-efecto?

Probablemente ambas premisas sean correctas. Tenemos que entender que Gaia, de existir, no es un ser consciente, de igual forma que no son conscientes todos los mecanismos que mantienen la homeostasis de un animal vivo.

Gaia actúa según la evolución conjunta de todos los seres ha determinado que actúe. Probablemente a causa de ensayos y errores que se remontan hasta la primera célula viva.

La previsible falta de alimentos puede ser, simplemente, el intento más obvio de controlarnos. No podemos más que especular con su existencia, pero sabemos sobradamente que nuestros actos tendrán (y están teniendo) consecuencias planetarias. Consecuencias que afectarán, sin duda alguna, a los seres humanos.

Si seguimos consumiendo combustibles fósiles, el planeta se irá calentando y los océanos, acidificando.

Si seguimos con patrones de agricultura y ganadería tan intensiva, los campos perderán su fuerza.

Si seguimos humanizando hábitats que nos son ajenos, seguirán apareciendo nuevos virus mortales.

Gaia es una hipótesis y siempre lo será. Su existencia es extremadamente difícil de probar. No podemos hacer más que imaginarla.

Pero no es necesario que exista para darnos cuenta de la importancia de nuestro sistema. Al fin y al cabo, es ampliamente sabido que los organismos que vivimos en la Tierra somos actores principales en los ciclos de los elementos.

No sería de extrañar, entonces, que la propia evolución haya conducido a mecanismos para eliminar los ‘disruptores’.

Nuestra civilización deberá andarse con ojo. Pretender dominar un planeta entero con más de 4.000 millones de años de vida a sus espaldas tendrá sus consecuencias.

Si nuestra especie quiere seguir viva deberá dejar de comportarse como un cáncer ya que, de seguir así, sólo habría dos salidas posibles:

– La primera, que logremos dominar la Tierra y, por tanto, abocarla a su terrible muerte (y a nosotros con ella).

– La segunda es que la Tierra, para defenderse de nosotros, ponga coto, o incluso fin, a nuestra historia como especie.

Si dejamos de exigir tanto al planeta y empezamos a entender que hay zonas clave que no pueden obstaculizarse, muy probablemente nos salvaremos.

¿Servirá este coronavirus de alerta?

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