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Salud

¿Qué es, si es que es algo, lo que nos hace humanos?

06 noviembre, 2019

Victoria López Rodas
Catedrática de Genética en la UCM
Eduardo Costas
Catedrático de Genética de la UCM
Académico Correspondiente de la Real Academia Nacional de Farmacia

Un golpe a nuestro orgullo

Etimológicamente el vocablo humano significa “hechos de arcilla”. En la más arraigada tradición los seres humanos fuimos hechos de barro, a imagen y semejanza de Dios, y vivíamos en la Tierra, el mejor de los planetas que ocupaba el centro del universo con todos los astros girando a nuestro alrededor.

Con semejantes antecedentes no es de extrañar que nos diésemos el nombre de Homo sapiens (el sabio que surgió del barro).

Nos creímos diferentes del resto de las especies por nuestra inteligencia. Nos colocamos en la cúspide de la pirámide considerándonos únicos y superiores porque somos capaces de desarrollar raciocinio.

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En palabras de Aristóteles “somos animales racionales que buscamos el conocimiento por el hecho mismo de conocer”. Sin duda, esta habilidad nos permitió desarrollar el lenguaje -oral y escrito-, el pensamiento abstracto y la ciencia.

Pero entonces la ciencia empezó a darnos bofetadas en nuestro orgullo…

Resultó que la Tierra era redonda, que daba vueltas alrededor del Sol… y que éste era una estrella de lo más vulgar situada en el borde de una de las miles de galaxias que pueblan el universo.

De repente dejamos de ocupar una posición central en la creación para estar en un lugar de lo más anodino.

Pensábamos que nuestros ancestros homínidos desarrollaron la inteligencia que nos permitió erguirnos sobre nuestros pies y construir herramientas. Y la biología demostró nuestro origen evolutivo a partir de los primates. También nos decepcionó.

Resultó que el mayor logro de nuestros ancestros, recolectores y carroñeros con un cerebro como el de un chimpancé, fue caminar erguidos. Y que la inteligencia vino gracias a que conseguimos caminar de pie y dejamos libres los brazos para usar herramientas.

Pero la mayor bofetada nos llegó con el desarrollo de la genética molecular: pronto comprendimos que “lo que se cumple en E coli se cumple en E lefante“. Y eso que E coli es solo una pequeña bacteria.

Pero su maquinaria molecular es idéntica a la nuestra (y a la de todos los organismos vivos de la Tierra).

La clave molecular de un ser vivo es la información genética que se guarda en el ADN (ácido desoxirribonucleico) que se encuentra en la célula como una cadena doble que forma una hélice.
El ADN podría entenderse como los planos. Algo así como el manual de instrucciones de los seres vivos.

Está dividido en partes, los genes, que a su vez están empaquetados en cromosomas. Y a grandes rasgos, nuestra genética molecular (ADN, ARN, proteínas) funciona del mismo modo que la de las bacterias.

Pero aun nos quedaba sufrir la mayor humillación: John von Neumann, una de las mentes más brillantes del siglo XX, propuso un concepto revolucionario: Las mejores máquinas serían aquellas que además de realizar el trabajo para el que fueron diseñadas, pudiesen efectuar mientras tanto una copia de sí mismas.

Si yo tuviese un coche de von Neumann lo usaría durante unos años. Al final, cuando este peculiar coche sea viejo, habrá completado una copia de sí mismo y yo volvería a tener un coche nuevo.
Y si además estas máquinas de von Neumann tuviesen la capacidad de evolucionar, introduciendo algunos cambios que las adaptasen mejor a su tarea, sería perfecto.

Podemos entender a un ser vivo como una máquina de von Neumann donde el ADN son sus planos.

Pero con nuestra visión soberbia y reiteradamente equivocada, volvimos a asumir que nuestros planos deberían ser mucho mayores que los de un humilde microbio. Y la primera sorpresa surgió con el recuento de los genes.

Parece lógico pensar que, a organismos más complejos, mayor número de genes y más ADN. Así que si estamos en la cabeza de la tabla nos correspondería tener el ADN más grande y complejo.

Nuevo error en nuestra visión antropocéntrica: apenas tenemos 30.000 genes, más o menos como un ratón y muy lejos de organismos que consideramos primitivos como helechos o algas microscópicas. Algunas microalgas poseen 200 veces más ADN que los humanos.

Pero la cantidad no lo es todo, y no todo lo que es más grande es necesariamente más complejo.

Antes de la secuenciación completa del genoma humano ya sabíamos que solo el 5% de la información contenida en el ADN era la responsable de codificar las proteínas necesarias para el funcionamiento de las células.

Y enseguida nos dimos cuenta de que las diferencias entre algunas especies están marcadas por muy pocos genes: compartimos con los chimpancés el 99% del ADN y con los ratones el 97,5%.

¡Quién lo hubiese imaginado!

Lo que nos ha enseñado la
secuenciación del genoma…
de nosotros

¿Humanos?
Un puñado de genes y muchas preguntas por responder

Compartimos con los
chimpancés el 99%
de los genes y el
97,5%
con los ratones
Algunas
microalgas
tienen
200
veces más genes que nosotros

Los antiguos Homo sapiens, resultado de millones de años de evolución, eran seres inteligentes, sensibles, curiosos, preocupados por el futuro y la trascendencia, con amores, amistades y enemistades…

Gente industriosa que ideó herramientas que a la postre resultaron fundamentales. Como la aguja de coser que les permitió confeccionar la ropa con la que sobrevivir a las glaciaciones. Sistemas de navegación para viajar con sus rudimentarios barcos y, lo más importante quizá, crearon centros de reunión donde actualizar sus conocimientos y ¿por qué no? encontrar pareja.

Si trasladáramos en una máquina del tiempo a un bebé de esos primitivos parientes a la actualidad seguramente podría licenciarse en Harvard. Del mismo modo que un bebé de hoy en día trasladado al pasado se desempeñaría muy bien como cazador.

Mucho de lo que somos se debe al desarrollo tecnológico alcanzado, no a una cuestión genética.

Como decían los antiguos, progresamos a hombros de gigantes. Y de no ser por los conocimientos transmitidos oralmente, almacenados en tablillas de arcilla, en papiros, pergaminos, papel y muy recientemente en ordenadores, los humanos nunca hubiésemos llegado a ser lo que somos. La mayoría de lo que sabemos lo han descubierto otros.

Los primeros homínidos evolucionaron hacia una vida en grupo, en la que se vieron obligados a establecer una red compleja de relaciones -amistades, rivalidades, jerarquías- Y en el camino comenzaron a producir tecnología -herramientas- y a controlar el fuego.

Existen pruebas arqueológicas que indican que los homínidos tenían cierto control del fuego al menos hace un millón de años (yacimiento de la cueva Wonderwerk, Sudáfrica) lo que les permitió procesar los alimentos y mejorar la dieta. Y con ello dispusieron de más calorías para un órgano tan exigente energéticamente como era un gran cerebro.

Del mismo modo comenzaron a darle valor a ciertos objetos y nuestro lenguaje se tornó más sofisticado. Y estas habiidades fueron transmitiéndose culturalmente a través de las generaciones sin modificar nuestra herencia genética.

Pero aumentar el tamaño del cerebro fue clave porque permitió tener una mayor cantidad de neuronas, que se reorganizasen en circuitos neuronales y que se incrementase enormemente el neocórtex, involucrado en los procesos de toma de decisiones, la habilidad de realizar tareas complejas y la capacidad de anticipar estrategias.

La secuencia del genoma o cómo vería Leonardo el plano de un 5G

Nuestra realidad ante el genoma es como si a un genio como Leonardo da Vinci le pusiesen ante los ojos el plano detallado de un Smartphone 5G: lo vería pero no tendría la menor idea de lo que se trata ni para qué sirve.

Y la realidad es que ni siquiera estamos seguros de que nuestro cerebro sea capaz de comprenderse a sí mismo con sus 100.000 millones de neuronas.

Cada una de ellas puede establecer hasta 50.000 conexiones con otras neuronas, y en cada conexión (sinapsis) participan diversos neurotransmisores. Una complejidad hoy por hoy inabarcable.

Las principales mutaciones que nos han hecho lo que somos

En nuestra historia evolutiva hubo muchos cambios genéticos que permitieron una mayor capacidad de procesar la información, aumentando la inteligencia y la capacidad de adaptarse a los cambios del entorno.

  • Descendemos de un ancestro que sufrió una mutación en el gen RNF213 lo que a su vez provocó un cambio radical incrementando el flujo de sangre que llega al cerebro.
  • Las mutaciones en los genes ASPM y ARHGAP11B y la región denominada HAR1, estuvieron involucradas en el crecimiento del córtex cerebral.
  • Mutaciones en los genes SLC2A1 y SLC2A4 permitieron un mayor aporte de glucosa al cerebro en detrimento del enviado a los músculos. Este aporte extra permitió el crecimiento del cerebro.
  • En principio teníamos un gen SRGAP2 que fue duplicado hasta en tres ocasiones, lo que permitió el desarrollo de un mayor número de conexiones neuronales.
  • Mutaciones como la del gen FOXP2, resultaron cruciales para desarrollar el lenguaje. Y el gen FoxP2 produjo cambios anatómicos y estructurales en las estructuras laríngeas que permitieron el desarrollo de un lenguaje concreto.

También tuvimos buenos complementos:

  • Las mutaciones en el gen HACNS1 nos permitieron desarrollar manos versátiles para hacer herramientas.
  • La mutación MYH16 está implicada en las mandíbulas más débiles y pequeñas que nos caracterizan.

Pero la esencia de los cambios genéticos que nos hacen humanos están en los genes de las regiones HAR.

Por ejemplo, en la región del genoma HAR1 apenas hay dos mutaciones de diferencia entre una gallina y un chimpancé. Pero hay 18 mutaciones distintas entre un humano y un chimpancé.

Estas regiones HAR, relativamente cortas, están implicadas en la regulación de funciones muy importantes: la HAR1 se expresa entre las semanas 7 y 18 de la gestación participando en la formación de la corteza cerebral.

Las regiones HAR se conocen desde hace poco más de 10 años. Y seguro que el desarrollo de la genética irá dándonos más claves de donde está la esencia de lo que nos hace humanos. Pero de momento sólo podemos hablar con certeza de un puñado de genes diferentes y multitud de preguntas que todavía falta resolver.

Lo que nos ha enseñado la secuenciación del genoma…
de nuestra Historia

El genoma cuenta historias…
que contradicen a la Historia

Los seres humanos compartimos el
99,9%
de la secuencia
del genoma. Solo nos
diferencia el 0,1% restante

La secuenciación del genoma humano nos ha dado grandes sorpresas: una de ellas, totalmente inesperada, es que permite revelar nuestra historia.

Porque decenas de miles de años han dejado huella en el ADN de nuestras poblaciones y aportan información precisa incluso donde no quedaron registros arqueológicos.

Una historia que a menudo no coincide con lo que describen los historiadores.

Para empezar, hoy sabemos que todos los seres humanos actuales compartimos en torno al 99,9% de la secuencia del genoma.

Las diferencias entre nosotros –morfología, color de pelo, tonalidad de la piel, etc.– están marcadas por el 0,1% restante. Hoy sabemos que no existen dos personas genéticamente iguales, salvo que hablemos de gemelos univitelinos, y podemos afirmar que solo hay una raza humana.

Es cierto que existen componentes genéticos que determinan que unos pueden ser más inteligentes, altos o fuertes que otros, pero lo seremos como individuos, no como personas de tal o cual raza.

Por eso, aunque un japonés nos parezca muy diferente está genéticamente muy próximo a nosotros: todos tenemos como ancestros a unos pocos individuos que salieron de África y somos primos más o menos cercanos.

Curiosamente la secuenciación masiva del genoma humano nos cuenta historias diferentes de las que nos cuentan los historiadores.

Por ejemplo, los historiadores defienden que el continente americano se pobló con personas que entraron desde Asia a través del Estrecho de Bering. Y que estos primitivos pobladores dieron lugar a la cultura Clovis, hace unos 11.000 años.

Pues bien, los primeros estudios de secuenciación del ADN extraído de huesos Clovis encuentran un parecido más grande entre éstos y las poblaciones del norte de Francia y España.

La hipótesis que nos ofrece el análisis genético es sugerente: los ancestros de los Clovis podrían haber llegado desde Europa en la última glaciación. Y ahora, algunos arqueólogos sostienen que el tipo de tallado de las herramientas líticas de los Clovis se parece mucho más al de los yacimientos del norte de España y Francia de esa época.

Lo que cuentan los genes… sobre la vieja Europa

Podemos asegurar que
solo hay una
raza
humana

Remontémonos a una época idílica: el fin del Pleistoceno en el Mediterráneo Oriental. Hace 10.000 años la temperatura sube, termina la glaciación, hay pocos hombres y, por primera vez, sobran recursos en las sociedades de cazadores recolectores.

El buen tiempo y la abundancia de recursos (pues los hombres aún son muy pocos) les permitió asentarse geográficamente, ser más sedentarios y desarrollar una tecnología más sofisticada.

A orillas del Mediterráneo prosperan sociedades matrilineales que darán lugar a las culturas cicládicas y minoicas: gentes que construyeron magníficos palacios sin murallas, ni armas, porque no les preocupaba la guerra.

Los datos de secuenciación del ADN de sus esqueletos demuestran que las mujeres se mantenían durante generaciones ligadas a una determinada área geográfica, mientras muchos de los hombres podían venir de más lejos.

Hace unos 7.000 años atrás llegó otra oleada de seres humanos procedentes del Creciente Fértil de Oriente Medio que traía un doble invento: la agricultura y la ganadería.

Ambas culturas se fusionaron y se produjeron nuevos cambios y no todos para bien: la dieta se volvió más pobre, resultaron más vulnerables a enfermedades y su esperanza de vida disminuyó.

Con la nueva sociedad agrícola surge la división del trabajo, aparece el fenómeno de la propiedad, y con ella los conflictos por las lindes y los primeros sistemas normativos.

Las cosas empeoraron mucho más durante la llamada Primera Edad del Bronce (VI milenio a.C.), cuando llegan a Europa los Kurganes. Son los primeros protoindoeuropeos. Se trata de pueblos nómadas procedentes de las estepas asiáticas.

Tienen una mutación que les permite digerir la lactosa de adultos. Beben leche y comen yogures y quesos. Son ganaderos y van a caballo.

La secuenciación del ADN demostró que algunos de estos señores de la guerra tuvieron centenares (inclusos miles) de hijos. Era grandes señores con todos los derechos.

De los restos arqueológicos de Kurganes se extrajo ADN que confirmó la existencia de un gen que se encuentra en el cromosoma Y, característico de todos ellos y que se encuentra actualmente en Asia occidental, India, y en las poblaciones eslavas de Europa del Este.

Un 23.6 % de suecos, un 16.5 % de daneses y un 11 % de lapones comparten este linaje. También los españoles tenemos genes Kurganes.

¿Cuánto de lo que somos se debe a nuestros genes, cuánto a la educación y cuánto al ambiente?

Un viejo dicho asegura que “lo que natura no da, Salamanca no lo otorga”. Por el contrario, una larga tradición nos lleva a pensar que los padres pueden influir mucho en el destino de sus hijos. Creemos que la educación es esencial.

Una legión de psicólogos y pedagogos alientan la esperanza: hay que dedicar un gran esfuerzo a la educación de los hijos para que al final “salgan bien”.

Los padres estimulan a los bebés, llevan a los niños a realizar un gran número de actividades y están pendientes en todo momento de sus retoños.

¿Qué hay de cierto en todo esto?

Desde principios del siglo XX se ha debatido intensamente sobre cuánto de lo que somos se debe a nuestros genes, cuánto se debe a la educación y cuánto a la suerte.

La cuestión es relevante: imaginemos que lo que somos está determinado solo por los genes. No habría que esforzarse en la educación de nuestros hijos.

Si tenemos malos genes, nuestros hijos serán un desastre, por mucho que nos esforcemos en educarlos. Si tenemos buenos genes nuestros hijos saldrán bien, aunque no les hagamos ni caso.

Imaginemos ahora que lo que somos es, exclusivamente, resultado de la educación. Todo esfuerzo educativo será poco, porque, mientras más les dediquemos, mejor saldrán.

Surge una pregunta clave: ¿cuánto de lo que somos se lo debemos a nuestros genes y cuanto a la educación y el ambiente?

Mucho antes de que se conociese el genoma humano los genetistas ya habían desarrollado una potente herramienta que permitía conocer cuanto influían la genética y el ambiente en la variación que se observaba en los seres vivos.

Lo que nos ha enseñado la secuenciación del genoma…
de nuestro futuro

La diversidad está en la esencia de lo que nos hace humanos: Las personas somos muy diferentes entre sí, tanto en nuestro aspecto físico como en nuestros rasgos conductuales:

-Hay individuos altos y bajos, morenos y rubios, gordos y flacos… También los hay caraduras y extremadamente tímidos, muy hábiles y torpes, personas con un extraordinario talento para las matemáticas o que son incapaces de entender una ecuación. Muchos tienen facilidad para los idiomas y otros nunca consiguen hablar una lengua diferente. Los hay agresivos y pacíficos…

De toda esta variación ¿cuánto está codificado en los genes y cuanto se debe al ambiente y la educación?

Una combinación de procedimientos genéticos y estadísticos, el cálculo de las heredabilidades, permite cuantificar la importancia de la genética y el ambiente.

Estas técnicas, que se desarrollaron para mejorar la producción de plantas y animales, pronto se aplicaron a los seres humanos. Pero desafortunadamente, quienes aplicaron estas técnicas -casi siempre psicólogos- carecían de formación científica en genética y les sobraban prejuicios.

La polémica, en vez de circunscribirse al campo de la ciencia cayó en el campo de la ideología. Muchos psicólogos, de tradición conservadora, emplearon los test de IQ para demostrar que los negros, las mujeres o las personas de baja clase social eran menos inteligentes, respectivamente, que los blancos, los hombres, o las personas de clase alta. Pero eran estudios ideologizados que carecían de base científica y que causaron un daño irreparable a millones de personas. Y muchos de aquellos psicólogos que defendieron esta postura jugaron sucio.

Uno de los mayores ‘escándalos’
en la historia de la ciencia

El test que decidió la vida de millones de ingleses se basó en un fraude

Un ejemplo es Sir Cyril Burt, quien llegó a ser el más influyente psicólogo del Reino Unido. Profesor en el University College de Londres que a principios de los años 40 llegó a ser presidente de la Sociedad Psicológica Británica.

Basándose en estudios sobre hermanos gemelos que quedaron huérfanos y fueron adoptados por familias diferentes, Burt demostró que la inteligencia era innata y tenía un origen cuasi exclusivamente genético. Logró imponer su teoría y creó un test de inteligencia que condicionó la vida de millones de ingleses.

Cyril Burt consiguió que durante casi 3 décadas el sistema educativo británico hiciera oficial su test de inteligencia y los niños, con sólo 11 años, quedaban marcados para siempre. Sólo los alumnos que superaban el test de Burt podían acceder a una escuela secundaria y prepararse para la universidad.

Los demás quedaban condenados a dedicarse a un oficio y nunca podrían acceder a estudios superiores porque, como defendía Burt, “no tenía sentido que el estado invirtiera dinero en la educación de gente con una inteligencia tan baja que nunca podrían mejorar su situación social”.

Curiosamente los niños que no superaban el test de Burt eran los de las clases sociales más bajas.

Pero en la década de los 70 un grupo de científicos norteamericanos de la Universidad de Harvard, entre los que destacaba el genetista Richard Lewontin y el evolucionista Steven Jay Gould, empezaron a cuestionar la validez de aquellos estudios psicológicos sobre inteligencia. Y lo que comenzó como una duda acabó en el descubrimiento de uno de los mayores escándalos en la historia de la ciencia.

El periodista científico del Sunday Times, Olivier Gillie, y el científico de la Universidad de Princeton, Leon Kamin, intentaron encontrar a los gemelos que había utilizado Cyril Burt en sus mediciones para saber si -como predecía Burt- habían conseguido logros parecidos en la vida con independencia de cuál fuese la familia que los adoptó.

Pero ninguno de los gemelos supuestamente estudiados por Burt había existido jamás. El test que decidió la vida de millones de ingleses se basó en un fraude. Y tras semejantes antecedentes, el péndulo osciló hacia el lado opuesto.

De la lógica desacreditación de trabajos falsos como los de Cyril Burt se pasó a argumentar lo contrario: nuestro cerebro era una especie de “tabula rasa” donde la educación podía escribir casi cualquier cosa.

Realmente se trataba de trabajos con un gran componente especulativo y casi ningún dato. Pero mientras no se supiese más, la hipótesis de la “tabula rasa” al menos no traía un sufrimiento innecesario y cruel a millones de personas.

Durante las últimas tres décadas, multitud de grupos de investigación realizaron una enorme recogida de datos en distintos países. Aplicaron correctamente la metodología genética, y publicaron más de 500 trabajos de investigación.

Las conclusiones son muy sólidas.

Existen rasgos que dependen únicamente del efecto de un solo gen, como el grupo sanguíneo, doblar la lengua, el pelo ‘pico de viuda’ o la manera en que cruzamos los brazos (cada uno lo hace siempre, sin pensar, de la misma forma).

También hay enfermedades hereditarias y mortales producidas por la mutación en un solo gen. Quien tiene la mutación la padece y quien no la tiene, no.

En todos estos casos, el ambiente o la educación no importan. Uno siempre tendrá el mismo grupo sanguíneo que tuvo al nacer, y lo tendrá toda la vida. Se críe en el ambiente que se críe.

Pero otra buena parte de las características que conforman la naturaleza humana y que nos hacen ser como somos, son caracteres cuantitativos: El resultado del efecto conjunto de muchos genes junto con el ambiente en que nos criamos y vivimos, y la educación que recibimos.

Podemos tener los genes para ser la persona más inteligente del planeta, pero si estamos enfermos o carecemos de educación, no alcanzaremos nuestro potencial.

Al mismo tiempo, aunque podemos influir en la educación de nuestros hijos no podemos cambiar sus genes.

Por eso resulta de mucho interés medir qué porcentaje de los rasgos conductuales se debe al efecto de los genes y cuánto se debe al ambiente y la educación.

Y claro, cuanto menos se deba a los genes, más útil resultarán nuestros esfuerzos con los hijos.

Ahora, tras más de 100 años de estudio, los genetistas hemos desarrollando procedimientos que permiten estimar la importancia relativa de factores genéticos y no genéticos en un carácter cuantitativo.

Miles de personas han trabajado durante décadas para intentar estimar cuantitativamente los componentes de la inteligencia o de la personalidad. Han realizado multitud de estudios mediante observadorers cualificados, test de inteligencia y test de personalidad que permiten obtener estimaciones repetibles (en diferentes test), reproducibles (realizados por distintas personas) y que tienen capacidad predictiva.

El experimento más revelador

La adopción de niños es un extraordinario experimento que permite obtener resultados muy relevantes analizando el efecto de los genes, del ambiente y de la educación sobre la inteligencia y los rasgos conductuales.

En los registros de adopción encontramos 3 tipos esenciales:

  1. Gemelos que son separados al nacer y criados por diferentes familias. (comparten todos sus genes, pero se diferencian en la educación y en el ambiente).
    El parecido que exista entre ellos en su inteligencia y sus rasgos conductuales se debe al efecto de los genes diferenciales.
  2. Parejas de recién nacidos que no tienen ningún parentesco entre sí, pero que son adoptados por una misma familia. En este caso el parecido entre ellos será el resultado del ambiente compartido, que en buena parte es la educación.
  3. Gemelos criados en la misma familia. En este caso son genéticamente idénticos y tienen la misma educación. Solo se diferencian en el ambiente exclusivo.

La limitación de este tipo de estudios es que se realiza en países avanzados, donde los niños solo se entregan en adopción a familias con un nivel de vida superior al de la población general.

Indudablemente esto reduce las diferencias ambientales, pero los padres pueden ser estrictos o permisivos; religiosos o ateos… Por lo que estos estudios estiman bien el efecto de la educación.

50 años de estudio demuestran que los gemelos separados al nacer se parecen mucho en su inteligencia y conducta aunque se hayan criado en familias diferentes.

De ahí se concluye que al menos un 40% de las diferencias entre sus coeficientes de inteligencia se deben a causas genéticas.

Y con los caracteres conductuales se obtienen resultados similares: entre el 40% el 50%.

Las parejas de recién nacidos sin parentesco alguno entre ellos, adoptados por una misma familia (distintos genes) arrojan un resultado concluyente: El ambiente compartido (la educación) explica menos del 10% de las diferencias en inteligencia y rasgos conductuales.

Aunque resulte contrario a nuestras mejores intenciones y creencias más arraigadas, dos gemelos criados en distintas familias van a ser mucho más parecidos entre sí (en su inteligencia y en sus rasgos conductuales como la curiosidad, el ser extrovertido, agresivo, etc.) que dos hermanos de adopción sin relación genética alguna, adoptados al nacer y educados por una misma familia.

Las personas que comparten genes son mucho más parecidas que las personas que comparten educación.

Pero los resultados de gemelos criados en la misma familia son más sorprendentes.

Genéticamente idénticos y con la misma educación, solo se diferencian en el ambiente exclusivo y distan mucho de ser iguales. Sus diferencias en intelecto y rasgos conductuales son del orden del 50%. Y el ambiente exclusivo es el responsable de sus grandes diferencias. Para los padres y educadores ese ambiente exclusivo resulta incontrolable. Y no nos gusta. Pero es el factor más importante a la hora de generar diferencias entre las personas.

Incluso si nos clonásemos, nuestros clones diferirían mucho en inteligencia y personalidad debido al ambiente exclusivo.

Por resumir: la genética es responsable de al menos el 40% de nuestras diferencias de inteligencia y personalidad; la educación y el ambiente compartido solo explica un 10%; y el ambiente exclusivo es el responsable del 50% de la disparidad intelectual y conductual.

Más parientes que diferentes

La evolución nos hizo ser muy buenos distinguiendo pequeñas diferencias morfológicas entre los seres humanos (así podemos reconocer a nuestros familiares y amigos), pero todos los seres humanos somos muy parecidos.

La explicación es sencilla: tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos y así sucesivamente.

Esto se puede expresar matemáticamente mediante una fórmula sencilla: a = 2n, siendo ‘a’ el número de ancestros y ‘n’ el número de generaciones; por ejemplo, 3 generaciones atrás, en la época de nuestros bisabuelos, el número de ancestros de cada uno de nosotros sería de 8 bisabuelos.

La esencia de la cuestión está en que se producen unas 4 generaciones de seres humanos por siglo.

Calculemos el número de ancestros que cualquiera de nosotros tenía en la época del Cid Campeador. El Cid murió en el año 1099, con lo que han pasado 920 años, lo que equivale a unas 37 generaciones. Así el número de ancestros de cada uno de nosotros sería 237 = 137.438.953.472.

Por supuesto, en la época del Cid Campeador no había en el mundo 137.000 millones de personas.

Había muchos menos. Por tanto, ninguno de nosotros pudimos tener tantos ancestros.

En realidad, con cualquier persona que esté leyendo este artículo compartimos muchos ancestros (tátara, tátara, tatarabuelos…). Todos tenemos menos ancestros que los que en realidad deberíamos haber tenido. Porque todos los seres humanos somos, en mayor o menor grado, pero casi siempre en un grado muy elevado, parientes.

El ingenio de un genio

George Wald, premio Nobel de Medicina 1967

Hijo de inmigrantes judíos, galardonado con el Nobel por sus descubrimientos de la visión y famoso por su compromiso vital.

Una conocida organización eugenésica le pidió que donase esperma para su banco de semen de premios Nobel.
Wald, un hombre sabio, respondió:

“Si desean esperma que produzca premios Nobel, deberían ponerse en contacto con personas como mi padre, un pobre sastre inmigrante. Mi esperma solo le ha dado al mundo dos guitarristas mediocres”.

No me lo puedo creer

Impulsados por políticos estúpidos e ignorantes sentimos racismo y xenofobia.

Pero la biología se venga de nosotros: Adolf Hitler y los nazis mataron más genes arios con el exterminio de judíos que los aliados matando a medio millón de miembros de las ‘purísimas’ SS.

No me lo puedo creer

A menudo la genética resulta demoledora para los prejuicios: en el sur profundo de los Estados Unidos (Georgia, Alabama…) las poblaciones de negros portan un gran número de genes de blancos.

Y lo que a algunos les resulta más difícil de aceptar: las poblaciones de blancos tienen un gran número de genes de los negros.

¿Qué es el ADN y cómo funciona?

¿Dónde se almacena la información que permite que los organismos vivos realicen todas las funciones que necesitan para sobrevivir? ¿Dónde están los planos y las instrucciones de funcionamiento de los seres vivos?

La respuesta es sencilla: toda la información necesaria para el desarrollo de la vida se encuentra codificada en una molécula, el ADN.

Sin embargo, el ADN no es un ser vivo, del mismo modo que los planos de una casa no son la casa, aunque tengan toda la información necesaria para construirla.

La estructura química del ADN fue descubierta en 1953 por Watson y Crick, que lo describieron como una doble hélice, algo parecido a una escalera de caracol.

Las barandillas están formadas por cadenas de desoxirribosa (un tipo de azúcar) y ácido fosfórico. Y los peldaños de la escalera están formados por pares de bases nitrogenadas que se unen siempre de la misma manera formando parejas: la adenina con la timina (A = T) y la guanina con la citosina (G = C).

Este descubrimiento fue el primer paso para entender el funcionamiento de la vida, pero aún quedaban muchas incógnitas por resolver.

Una de ellas era cómo este ADN podía hacer una copia de sí mismo. Esto es fundamental, pues cada célula o cada individuo necesita su propio plano detallado.

El ADN puede replicarse (hacer copias de sí mismo). Para ello la doble hélice (la escalera de nuestra explicación) se abre por la mitad. A cada lado queda la barandilla y la mitad de un peldaño (una hélice) que sirven de moldes para hacer dos escaleras enteras igual a la primitiva. Cuando las células se dividen, cada una de las nuevas células lleva la misma información que la célula de la que proviene.

Otra de las grandes incógnitas era cómo el ADN podía almacenar, transmitir y expresar la información que contiene.

Esta información se encuentra codificada en un peculiar lenguaje, almacenada en distintos trozos de ADN que denominamos genes.

Estos genes pueden ser cortos o largos (por explicarlo de alguna manera asequible, pueden contener palabras, frases o párrafos enteros) y a menudo se encuentran en el orden adecuado para su uso. Encontramos así genes reguladores (que son capaces de ordenar la información) y genes estructurales (que contienen la información).

Un ser vivo está construido principalmente por proteínas. Las proteínas son moléculas que tienen una labor estructural (serían los materiales con los que está construida la casa) o participan en los procesos metabólicos como enzimas que regulan las reacciones químicas necesarias para la vida (el agua, la electricidad, los electrodomésticos de la casa).

Las proteínas están formadas por la combinación de 20 aminoácidos diferentes. Y las diferentes combinaciones de estos 20 aminoácidos pueden dar lugar a un número astronómico de proteínas diferentes.

El plano de un ser vivo es, en su mayor parte, el plano de las proteínas que lo constituyen.

La información del ADN está en un peculiar lenguaje que permite construir proteínas. El proceso de traducción de la información genética del ADN a proteínas es un proceso complejo donde interviene un intermediario: el ARN.

El código que permite descifrar la información genética codificada en las 4 bases del ADN (A, T, G, C) es un código de tripletes: las bases se agrupan en tandas de 3 en 3 (los tripletes del código genético). Los distintos tripletes codifican para distintos aminoácidos, y también para la iniciación y el fin de la proteína.

Gracias a eso la vida está llena de posibilidades, muchas de ellas aún por descubrir.

Tan solo 50 años después de que se descifrase la estructura de la doble hélice del ADN se consiguió secuenciar el genoma humano completo. Pero el plano de un ser humano es muy complejo: aún nos queda mucho para entender en su totalidad cómo funciona.