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Salud

¿Tiene superpoderes LA CACA?

04 noviembre, 2019

Dr. Xavier Cortés
Profesor de Patología Digestiva. Director del equipo médico que ha realizado algunos de los primeros trasplantes fecales

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Lo más complicado para un médico es cuando los pacientes creen que eres un superhéroe. Cuando te cuentan su enfermedad y, mientras te colocan una especie de capa, te dicen que eres su última esperanza.

Me ocurrió hace cuatro meses con “Antonio”. Llegó a mi consulta con un cáncer de tiroides con metástasis cerebrales, que le habían provocado alteraciones neurológicas. Tras iniciar un novedoso tratamiento quimioterápico, las metástasis cerebrales habían desaparecido en la prueba de imagen, al igual que los síntomas neurológicos.

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¡Estaba venciendo al cáncer!

Problema: este tratamiento le generó una pérdida de defensas y presentó una infección grave por una bacteria en el colon conocida como Clostridium difficile, multirresistente a todos los antibióticos disponibles. Tuvieron que retirarle la quimioterapia para intentar controlar la infección. No lo consiguieron y, mientras tanto, las metástasis y los síntomas neurológicos volvieron a aparecer.

Aquí entro yo con un “superpoder” que seguro que no sería nada atractivo para guionistas de películas como Spiderman o los Cuatro Fantásticos.

Ni telarañas, ni ráfagas de láser o de hielo. Yo le ofrecía salvarlo con heces. Lo que a pie de calle se llama “caca” o, incluso, “mierda”.

La alternativa que yo le daba a este hombre es realizarle un trasplante fecal de un donante sano. Lo hicimos y fue un éxito. Se controló la infección y se pudo restablecer de nuevo el tratamiento quimioterápico, que ha vuelto a dar una buena respuesta.

Y sí, todo a base de “caca”. Porque cuando trasferimos heces, lo que hacemos es introducir millones de bacterias buenas que todos tenemos en nuestro intestino, con el objetivo de que luchen contra una bacteria mala. Compiten por un mismo espacio y comida, y finalmente la erradican. Estas bacterias intestinales que salvan vidas, y que cohabitan con nosotros, son las verdaderas superheroínas de esta historia. Y se denominan microbiota intestinal.

Millones de microbios en nuestro intestino

Desde hace unos cinco años, inicio mi asignatura de Patología Digestiva en medicina hablándoles a mis alumnos de los avances científicos en torno a este nuevo “súper órgano”. De cómo desde su conocimiento se empiezan a entender muchas enfermedades y de su manipulación empiezan a surgir nuevas líneas terapéuticas.

Gracias a los avances en bioinformática, en 2003 se consiguió descifrar el genoma humano. Todo un ítem en el mundo de la investigación.

Desde entonces, el campo de la biomedicina está centrado en descifrar una red extremadamente compleja de microbios en interacción entre ellos mismos y en simbiosis con el huésped, el humano, que es la microbiota intestinal.

Se define microbiota intestinal como la población de microbios que residen en nuestro intestino. Se estima que en este órgano hay más de 100 billones de microorganismos. Con unas 1.000 especies bacterianas diferentes, y cuyo material genético representa en nuestro cuerpo más de 150 veces nuestro genoma humano.

Alrededor de
2 kilos
de nuestro peso corresponden
al peso de las bacterias

De hecho, unos dos kilos de nuestro peso corresponden al peso de todas estas bacterias.

La palabra “bacteria” también nos remite a suciedad o enfermedad. Sin embargo, estos billones de bacterias que viven en nuestro intestino y su componente genético, mucho mayor en global que nuestro genoma, elaboran metabolitos, que cumplen funciones clave para nuestra supervivencia.

Numerosos estudios han demostrado que animales en laboratorio que crecen libres de bacterias, presentan déficits graves de maduración y desarrollo de órganos vitales como corazón, pulmones e intestino, y un sistema inmunitario atrofiado. Por tanto, parece que necesitamos a las bacterias tanto para un desarrollo normal como para mantener un buen sistema de defensa.

“Manuel” las necesitaba. Sobre todo para combatir, a sus 70 años, una infección grave en el colon que no respondía a ningún tratamiento. El paciente estaba en estado crítico. Temíamos por su vida. Lo derivaron a nuestro Servicio y decidimos probar con él nuestro primer trasplante de heces. Exactamente las de su hija, convirtiéndola en su superheroína.

Tras 48 horas pasó de estar muy grave a ser dado de alta del hospital. Y en la actualidad es un abuelo más, de esos que todas las tardes recoge a sus nietos en el cole.

El caso saltó a los medios de comunicación. Solo algún colega periodista me dijo que su jefe no veía el tema, porque al haber heces de por medio podía generar cierto rechazo en la audiencia.
Pero, por suerte, la sociedad funciona con base en otros intereses, y este tipo de trasplante está siendo utilizado en multitud de ensayos clínicos para evaluar su posible papel para el control de enfermedades sistémicas de los cuales en breve tendremos sus conclusiones.

El problema es que cuando trasplantamos heces sabemos que estamos inoculando millones de microbios, pero no todos son conocidos.

Y tampoco sabemos, a largo plazo, las consecuencias de dicho proceso.

Esto, unido al avance en el cultivo de bacterias buenas que permitirá tener una gran colonia de bacterias para ser utilizadas como “mega probióticos”, hace prever que el futuro del tratamiento de múltiples enfermedades, y no sólo digestivas, será la toma de bacterias específicas que consigan restaurar el metabolismo perdido o alterado en el paciente.

Por ejemplo, cuando perdemos nuestra microbiota normal, perdemos la diversidad y el equilibrio entre bacterias buenas y malas. Es lo que se llama disbiosis.

Multitud de estudios asocian esta disbiosis con una amplia gama de trastornos de salud digestivos como diarrea, síndrome de intestino irritable, enfermedades inflamatorias intestinales o cáncer colorrectal, así como ciertas enfermedades hepáticas, alergias, y afecciones relacionadas con la nutrición como son la obesidad, la diabetes y celiaquía.

Pero aún más llamativa es la relación que se está viendo de alteraciones en la microbiota intestinal con múltiples enfermedades hasta la fecha inimaginables, como son las neurológicas tipo Alzhéimer, Párkinson o el autismo. O neumológicas como EPOC o asma.

El empoderamiento del intestino

Recuerdo que cuando estudiaba medicina en ningún momento se nos habló de la microbiota intestinal. Y cuando nos explicaron las funciones del colon, lugar donde reside esta mega colonia bacteriana, se nos mencionaba como un tramo del intestino que únicamente tenía como función desplazar las heces hasta el recto y absorber agua.

Pero algo en esta explicación fallaba. Cuando nos alimentamos, la comida tarda en desplazarse desde la boca hasta el colon, digerirse y absorber todos los nutrientes, unas dos horas.

En cambio, en el colon permanece el residuo no digerible por nosotros una media de dos días. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Para qué guardamos en nuestro cuerpo y durante dos días este material de desecho?

Ahora sabemos el por qué.

Las bacterias integradas en el colon recogen ese desecho y lo fermentan. De esta fermentación, las bacterias buenas generan ácidos grasos de cadena corta y vitaminas esenciales para nosotros, necesarias para el correcto funcionamiento de una gran parte de las funciones esenciales de nuestro cuerpo.

La explicación más lógica es que sabemos que las bacterias habitaban en la Tierra mucho antes que los animales, y están presentes en todos los rincones, incluso los más inhóspitos. Por tanto, es lógico pensar que los animales siempre nos hemos desarrollado y evolucionado entre bacterias y se ha generado una simbiosis donde ambos sacan algún beneficio.

Un claro ejemplo para entender esta simbiosis es la vaca. Este animal únicamente se alimenta de plantas: fibra no digerible por los animales y bajo en contenido proteico.

En su estómago, el rumen, presenta una gran comunidad bacteriana que fermenta y digiere estas plantas y genera los aminoácidos que necesita la vaca para vivir y sintetizar la leche.

El anfitrión (la vaca o el humano) proporciona hábitat y nutrición a las comunidades bacterianas del tracto intestinal, y éstas contribuyen a la salud del anfitrión.

Nuestros bebés, durante los tres primeros años de vida están desarrollando y madurando su sistema de defensa y por tanto aprendiendo lo que es bueno y malo.

Para ello pone en contacto a células del sistema inmune inmaduras con el medio externo para “entender” el mundo que nos rodea, repleto de microbios y antígenos como gluten o ácaros.

Para tener el máximo contacto con el medio externo, el sistema de defensa madura en el intestino, y es allí, del contacto con la microbiota intestinal y el material ingerido a través de la dieta, donde nuestras defensas aprenden a ser tolerantes con nuestras bacterias intestinales y otros microbios, así como con antígenos que nos rodean.

En los países desarrollados se está produciendo una maduración anormal de nuestro sistema defensivo, ya que tendemos a alejarnos del mundo bacteriano, haciendo un uso masivo de antibióticos y medidas higiénicas.

Hipócrates, en el siglo V antes de Cristo, dijo: “Sea el alimento tu medicina”

Ese hecho ha erradicado infecciones bacterianas, pero a su vez ha implicado un auge de las enfermedades autoinmunes tipo alergias, dermatitis atópica, asma… donde son nuestras propias defensas las que atacan a nuestro cuerpo. Patologías menos prevalentes en países no industrializados o en áreas agrícolas.

Ya Hipócrates, en el siglo V antes de Cristo dijo: “Sea el alimento tu medicina”.

Y es que nuestra dieta influye muchísimo en nuestra microbiota. Numerosos estudios han encontrado que una dieta rica de fibra, frutas, verduras y otros vegetales en comparación con una dieta rica en proteínas y grasas animales, azúcares y pobre en fibra (dieta tipo occidental) se asocian con una mayor diversidad microbiana en el intestino humano, un mayor bienestar y un menor riesgo de presentar sobrepeso.

Por ejemplo, los alimentos ricos en fosfatidilcolina, como la yema de huevo, o en carnitina, como las carnes rojas, son una importante fuente de colina, que, tras ser fermentada por un grupo no identificado de bacterias, genera un metabolito llamado trimetilamina.

Esta pequeña molécula está fuertemente asociada con arteriosclerosis y sus consecuencias, como el desarrollo de hipertensión arterial, infartos cerebrales o cardiacos.

Por contra, una ingesta rica en almidón resistente, un carbohidrato complejo, presente en alimentos como los plátanos verdes, guisantes y las legumbres cocidas, e incluso en alimentos como el arroz y tubérculos (patatas o boniato), si los cocinamos y los dejamos enfriar posteriormente, antes de ser ingeridos, tienen efectos muy positivos en nuestra microbiota intestinal.

En la última década, el mercado de prebióticos (alimentos para nuestras bacterias) y probióticos (bacterias buenas que ingerimos y llegan a nuestro intestino) ha aumentado de forma exponencial.

Son los probióticos útiles para nuestra salud?

El papel de estos probióticos es limitado hasta la fecha, dado que las principales bacterias de nuestro intestino no pueden ser cultivables, y por tanto podemos transferir un número de cepas escasas.

Esto cambiará en breve con el cultivo en colonias bacterianas. Pero hasta la fecha, revisando los estudios, se puede decir que la toma de los mismos ha demostrado ser efectivos para la prevención de la diarrea post-antibiótica, síndrome de intestino irritable, dermatitis atópica e incluso en síntomas de depresión y ansiedad, aunque para ello todavía se requiera mayor evidencia científica.

Necesitamos más tiempo y evidencias para elaborar mega probióticos, pero hasta la fecha, únicamente cuidando nuestra dieta y estilo de vida, nuestras bacterias intestinales ya están haciendo su trabajo y cumpliendo su función sanitaria. Sin necesidad de ninguna capa o súper poder. Y ojo, de forma totalmente ecológica.

¿Es posible que bacterias del intestino puedan estar relacionadas con enfermedades que se producen en el cerebro?

Una de las realidades más llamativas que estamos comenzando a ver en el cuerpo humano es la relación de alteraciones en la microbiota intestinal con múltiples enfermedades hasta la fecha inimaginables, como son las neurológicas tipo alzhéimer, párkinson o el autismo. O neumológicas como EPOC o asma.

¿Cómo es posible que bacterias que anidan en el intestino puedan estar relacionadas con enfermedades que se producen en nuestro cerebro?

Se ha visto que existe una relación evidente entre el sistema nervioso central y la microbiota intestinal, llegando a hablar de un eje microbiota-intestino-cerebro. Los metabolitos que generan estas bacterias son capaces de actuar como neurotransmisores, y a través de la sangre llegan al cerebro donde modulan funciones neurológicas.

De hecho, podrían estar implicados en generar cambios en el comportamiento y procesos cerebrales, entre ellos el estado emocional y la respuesta al estrés.

Es llamativo un estudio publicado en 2017, donde a 18 niños autistas con síntomas digestivos se les realizó un trasplante fecal por vía oral (mediante cápsulas) o rectal.

Encontraron una mejoría del comportamiento y de sus habilidades sociales en comparación al inicio del estudio, con sólo dos meses del tratamiento. Y cuando analizaron los cambios en la microbiota intestinal, vieron que casi todos los niños tenían disminución de la riqueza bacteriana intestinal inicial. Y al final del estudio presentaban un incremento significativo de bacterias buenas como bifidobacterium, que los autores relacionan con dicha mejoría.

Estos datos son iniciales y hay que cogerlos con cautela dado que hace falta mayor evidencia para poder establecer esta relación.

¿Cómo convertirnos todos en superhéroes?

Visto que una microbiota sana contribuye claramente a nuestro bienestar, ¿qué podemos hacer para tener una súper microbiota intestinal?

La colonización del intestino comienza antes del nacimiento, con paso de bacterias de la madre durante el embarazo. Se ha demostrado que nacer mediante parto vaginal y ser alimentado por lactancia materna, le proporciona al bebé defensas y un tipo de microbiota rica en cepas bacterianas protectoras que hacen que tenga un riesgo menor de padecer enfermedades autoinmunes tipo dermatitis atópica.

Ya sabíamos que la leche materna es la fuente más importante de probióticos (bacterias buenas) para el bebé, pero además se ha encontrado que gran parte de su contenido son oligosacáridos no digeribles ni absorbibles, que transitan intactos hasta el colon, donde nutren a grupos específicos de bacterias buenas, los bifidobacterium.

Estas bacterias degradan esos oligosacáridos, generando una importante fuente de energía para el bebé, a la vez que hacen de barrera impidiendo la proliferación de patógenos.

En los primeros años de vida, el niño está en contacto físico con otros individuos, alimentos y medio ambiente (llevándose todo a la boca) y todo ello contribuye a aumentar la diversidad bacteriana intestinal.